Rafael Ortega Basagoiti

Tortura “plácida”… o no tanto

Recuerdo cuando hace (muchos) años, de chaval, me entretenía con esa especie ahora extinta (o casi) que eran los tebeos. Entre los muchos personajes divertidos, además de los inolvidables Mortadelo y Filemón o Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio, estaba el también popular Anacleto, Agente Secreto. En una de sus aventuras había un chascarrillo, en el que un torturador, ya impotente ante la invencible resistencia del bueno de Anacleto a confesar, le espetaba amenazante: “O confiesas, o te pongo “Amanece”. NOTA: ese tipo de chascarrillo era popular en los tiempos, porque recuerdo otro de Ibañez que rezaba así: “O confiesas, o te leo las instrucciones para rellenar la declaración del impuesto sobre la renta”. Eran los tiempos en que la televisión, en aquel momento única, nos obsequiaba (¿) con la presencia continua de Jaime Morey cantando la tonada en cuestión, Amanece, con la que a la sazón obtuvo un décimo puesto en su comparecencia eurovisiva (que hoy parecería dignísimo tras los sonrojantes resultados de los últimos años, aunque vista la calidad del asunto igual quedar el último es hasta un honor). El Festival de Eurovisión, ese engendro que mi médico me prohibió hace años presenciar por constituir sin el menor asomo de duda un factor de riesgo para la degeneración mononeuronal calcificante, enfermedad caracterizada por la muerte progresiva de todas las neuronas hasta dejar una sola que, en el colmo de la desgracia, se está calcificando, lo que se traduce en el atontamiento supino que ustedes pueden imaginar. La verdad es que nunca manifesté una excesiva afición al susodicho certamen, por lo que mi médico no tuvo que insistir mucho en que huyera de él a toda velocidad. Pero lo cierto es que, como ocurre ahora, ese caramelo de canción te perseguía por todas las esquinas, radios, noticiarios y demás. Había que ponerse tapones 24 horas al día para no estar escuchando continuamente esa monumental torre de mantequilla bañada con toneladas de azúcar que era la cancioncita en cuestión. De ahí que el bueno de Manuel Vázquez metiera en su historieta el chascarrillo como una suerte de tortura refinada, como diciendo: ahora te vas a enterar de verdad. Ni arrancarte las uñas, ni darte calambrazos, ni nada. Cuando te ponga Amanece vas a cantar más que la Callas. Viene al caso la mención porque acaba de publicarse una noticia (https://elpais.com/internacional/2018/08/10/mundo_global/1533901684_117018.html), según la cual, en cierta localidad eslovaca, han detenido a una ciudadana por torturar a sus vecinos durante 16 horas diarias con el mismo aria de La Traviata por Plácido Domingo. Hete aquí que la susodicha decidió saltarse una prohibición judicial, porque sus vecinos la habían demandado con anterioridad y obtenido el respaldo de la autoridad judicial, que la señora decidió, en un genuino ejercicio de democracia orgánica (que como es bien sabido es aquella que sale de esos órganos que ustedes están pensando), pasarse por el forro. Cierto es que la cosa había nacido a su vez como una vendetta de la dama a la que molestaban los ladridos del perro de otro vecino, y no deja de ser en parte cierto también que contrarrestar los ladridos del perro con Plácido Domingo es una forma refinada de respuesta, desde luego más que liarse a mamporros o incluso que recordar, cuál carga de los helicópteros en Apocalypse now, la cabalgata de las Valquirias, por no hablar de las recortadas, las navajas gitanas o armas de otro pelaje. Lo malo es que la refinada respuesta inicial se transformó, cosas de nuestros días, donde la gente pierde el oremus a la mínima, en una enfermedad. Según reza la noticia, el can ladrador que había originado (presuntamente; el presuntamente que no falte) la disputa, falleció posteriormente (confiamos en que no por el efecto Plácido, aunque eso probablemente es indemostrable incluso con autopsia), pero la ciudadana, probablemente porque encontró mucho gozo y solaz en la pertinaz repetición del aria verdiana, cual Perpetuum mobile operístico, o tal vez porque decidió aprovechar la situación para que el vecindario confesara de manera coral todos sus pecados y los de cuatro generaciones de antecesores, decidió que era hora de que el vecindario absorbiera por las bravas, o sea por sobredosis directa, sin anestesia, la esencia del canto del tenor madrileño. Me temo que si el propósito era conseguir la confesión, el aria de Domingo ha resultado demasiado plácida y la inventora de la tortura solo ha conseguido una justa rebelión en masa. Veremos qué nos depara el futuro. ¿La detención de los torturadores con músicas (es un decir) ensordecedoras desde su coche descapotable?, ¿La de los sanguinarios que eligen la taladradora para asesinar el descanso del personal? ¿La protección de quienes se dedican a esto de la música y han de trabajar sus instrumentos? No tengo muchas esperanzas, porque con Oremus de campo y playa me temo que el equilibrio y el sentido común seguirán en la sala de espera. Solo hay que confiar en que, de fondo, no les pongan Amanece… ni ese aria del pobre Plácido Domingo, que no se merece esto.

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One thought on “Tortura “plácida”… o no tanto

  1. Sindrome de la maraca o mononeuronal calcificante. Con el movimiento de la chola suena: chas, chas, chas…. .Muy estendido en los creadores de sonidos pop tan en boga actualmente.

    Sir Lawrence (Al-Orens)

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