Rafael Ortega Basagoiti

A prisión… ¿con un capón?

Cuando topan con alguna invención exótica, exclaman a menudo los castizos de ahora, cual indios apaches, eso de “¡Lo que inventa el hombre blanco!”. Y en efecto, el hombre blanco (y el que no lo es) inventa cosas verdaderamente asombrosas. Hace poco me pasaron una noticia publicada en ABC http://(https://www.abc.es/espana/castilla-leon/abci-requiem-tinta-toro-201810261400_noticia.html)

en la que se glosaba la costumbre de un bodeguero de Toro de tocar el violín y poner incluso hilo musical, pero del bueno, para acompañar la vendimia y acunar musicalmente hablando el envejecimiento del caldo en las barricas de rigor. Bien es cierto que el tan musical bodeguero podría haber escogido alguna tonada más alegre para el propósito, porque la noticia menciona pasajes del Requiem de Mozart y la Marcha fúnebre de Chopin para acompañar dicho envejecimiento, y no se si el vino, bajo tales armonías, no vaya a resultar un poco ominoso y fúnebre. Vamos, que en lugar de envejecer, la cosa se vuelva tan siniestra que el vino salga difunto en vez de envejecido. O tal vez asaz pío, porque la noticia también contempla El Mesías de Handel en Navidades o La Pasión según San Mateo en Semana Santa como músicas acompañantes. Igual tienen pensado resucitar en tierra zamorana ese caldo italiano tan apreciado llamado Vinsanto. En cambio no se menciona nada sobre ningún Carnaval en la fecha correspondiente, así que parece que la faceta un poco vividora y desmadrada, que se asocia desde los tiempos de Baco a la generosidad con el tema del vino, no parece ser objeto de especial atención. Se trata, según se ve, de vinos muy serios ellos, con muy buen comportamiento y conducta nada distraída. Según la noticia, el bodeguero, de Liberalia Enológica de Toro, que entregó hace no mucho un galardón a título póstumo al llorado maestro toresano Jesús López-Cobos, ha organizado también conciertos, en su tenaz empeño ecológico-musical, para perros, burros y, más recientemente, cabras. Definitivamente, el hombre blanco, y para ser más exactos, el hombre blanco de Toro, inventa de lo lindo. Y con tan musicales pautas, vamos a tener unos animales muy cultivados, lo cual está muy bien, desde luego. A lo mejor alguno hasta mejoraba el nivel de la cosa política. No estaría de más que el cultivo se extendiera, porque lo que es el humano de a pie, en esta piel de toro (vaya por Dios, qué juego de palabras más inoportuno), sigue bailando a menudo el Vals de los patinadores, esa bien conocida pieza de Waldteufel. Miren: recientemente asistimos a una epidemia de popularidad de la quinoa, este pseudocereal con el que algunos quieren reemplazar al arroz, ojalá mis ojos no lleguen a ver tal disparate. Me dirán ustedes: ¿Y qué demonios tiene esto que ver con lo que nos estaba contando? Pues tiene que ver, sí. Encontrábame yo, por circunstancias que no vienen al caso, en un hospital con una enferma. La enferma en cuestión encuentra solaz y entretenimiento en esos concursos televisivos variopintos y en aquel momento uno de esos se encontraba en plena emisión. No sé ni repetirles el nombre porque uno es de poca televisión y de menos concursos. Pero sí recuerdo, porque tardé en recuperar la conciencia, que el candidato a premio, supuestamente concursante con cierto nivel, se encontraba a un suspiro de completar una frase que era la denominación de un plato. La cosa estaba ya para servir, porque se adivinaba con mucha claridad que el plato en cuestión era “ensalada de quinoa con pimientos confitados”. Apenas faltaba la “t” en “confitados”. Pero hete aquí que el candidato concursante sufrió un aire, no se sabe si porque no sabe lo que es “confitado”, o porque en ese momento le ocurrió lo que al linotipista de un artículo de Jaime Campmany hace muchos años (en una crónica de la visita de un obispo a un ropero, el bueno de Campmany escribió que “el obispo había admirado el celo de las señoras”, pero el linotipista cambió la “e” por la “u” en la palabra “celo” y la cosa resultó de lo más “salida”, todo un homenaje episcopal a la retambufa…). El hecho es que el ciudadano decidió que los pimientos merecían un castigo como el de los golpistas catalanes, y decidió que la ensalada más bien sería de “quinoa con pimientos confinados”. Así las cosas, aún estoy viviendo sin vivir en mi porque no sé si los pimientos han sido sometidos a arresto domiciliario, les van a dar el tercer grado para que puedan maridar debidamente con la dichosa quinoa, o por el contrario les van a mandar a prisión mayor y sólo los meterán en el plato una vez se encuentren debidamente difuntos tras haberlos acunado debidamente con el Requiem de Fauré, que es música pacífica y esperanzadora, y que probablemente combine bien con un vino debidamente fenecido a los acordes de la misa de difuntos mozartiana. Si al acontecimiento gastronómico concurre alguna cabra acostumbrada a Rossini, ya tendrán la combinación digestiva perfecta. Ya ni recuerdo si el candidato-concursante ese día se llevó premio alguno, porque yo si hubiera estado en el lugar del presentador le habría dado un capón por burro. Y lo que es peor, por burro no cultivado. Un burro de los que necesita acudir con urgencia a los conciertos para burros que organiza ese señor tan emprendedor y bien intencionado de Toro. O igual, tras el capón, al que había que confinar era al concursante, con unos cuantos libros. Yo, por mi parte, confirmé que no volveré a tentar la suerte de mi coronaria con estos concursos, no vaya a ser que alguna de esas patadas al diccionario o al sentido común terminen dándome a mi en la testa. No está uno para sustos, por mucha quinoa que le pongan.

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4 thoughts on “A prisión… ¿con un capón?

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