Rafael Ortega Basagoiti

¿De verdad hay que sangrar?

Mientras el Real sigue con sus pompas propagandísticas sobre la semana de la ópera (como si a la ópera hubiera que dedicarle una “semana” en lugar de estar presente siempre), les diré que lo que escuché el otro día por la tele en cuanto a Il Trovatore no me trajo los mejores augurios. Ya les contaré más cuando la vea en vivo el próximo día 25, pero entre tanto uno no gana para sobresaltos, ni siquiera en verano. Me explico. El pianista norteamericano Frank Weinstock, profesor emérito del Conservatorio de Cincinatti, acaba de publicar en Instagram la foto que encabeza este artículo, y cuyo pie, traducido del inglés, dice así:

“Estoy esta semana en el Jurado del Concurso Internacional de Piano de Cincinatti, junto a Jura Margulis, Boris Slutsky, Akemi Alink y Yoshi Nagai – ¡un gran grupo de personas! Esta foto muestra el teclado del piano tras la interpretación, por uno de los concursantes, de la Sonata de Bela Bartók, ayer, durante los cuartos de final – ¡ouch! (El concursante, dicho sea de paso, avanzó a la siguiente ronda)”.

Me he quedado sin palabras al ver el teclado embadurnado de la sangre del concursante. La de Bartók es sin duda una obra terrible en sus demandas y es cierto que pide un sonido percusivo, pero… ¿al extremo de tener que llegar a sangrar? ¿es realmente necesario esto? ¿O estamos perdiendo (también, porque en otros extremos ya tengo claro que lo hemos perdido hace tiempo) el oremus? Lo siento, pero a mi esto me inspira un profundo rechazo. No admiración, no. Rechazo. ¿En qué estado va a llegar ese concursante a la semifinal? Si ha sangrado de esta forma es literalmente imposible que de lo mejor de si mismo. Y en ese caso, ¿para qué? ¿hay que llevar el ánimo competitivo hasta este extremo? Y eso por no hablar de lo que ese mismo ánimo competitivo ataca a la esencia de la música como arte. Cierto, desde los tiempos de aquellas competiciones del pasado, como la descrita entre Mozart y Clementi, o la que nunca llegó a tener lugar entre Bach y Marchand, porque el francés tomó las de Villadiego ante el riesgo de quedar humillado por el Cantor, quien esto firma nunca ha entendido que la música entre en el ámbito de a ver quien da más. El espíritu de superación, la mentalidad de trabajar para mejorar, son evidentemente cualidades altamente deseables en un intérprete (en realidad en cualquier ser humano). Pero igual que es dañina la búsqueda obsesiva de la perfección, porque ante el imposible alcance de algo que, como tal no existe, solo se genera frustración, es dañino, creo, llevar la competición al extremo en el que todo vale con tal de ganarla, desde la guerra psicológica frente a los rivales hasta demostraciones “a lo indio bravo” de “fíjense cómo lo doy todo”. Tanto… que me dejo unos cuantos glóbulos rojos en el camino. Además, uno se pregunta para qué. Es cierto que muchos pianistas (y lo mismo se podría decir de otros instrumentistas) han sido encumbrados por concursos, desde Gilels a Pollini o Zimerman, pero también lo es que muchos otros (Richter, sin ir más lejos) no los necesitaron, y que otros (Pogorelich) hasta se beneficiaron de haber sido eliminados, por aquello de que el marketing tiene estas cosas. Si la eliminación provoca el abandono del jurado de Martha Argerich, ya hay titulares, y al final incluso son más que los que recibe el ganador (del ganador de aquella edición, por cierto, nadie se acuerda). Están también los caprichos de los jurados, porque no todos los miembros actúan con la misma seriedad, incluso los mejores. Cabe recordar el famoso concurso Chaikowski de los años cincuenta cuando ganó Van Cliburn. Richter estaba en el jurado. Los miembros tenían que repartir 100 puntos entre varios candidatos. Y Richter se fue al extremo más extremo. Le dio 100 puntos a Cliburn y a todos los demás cero. Lo que más que probablemente no fue del todo justo. Lo cito solo a efectos de ilustrar que quizá en esto de los concursos nos ha ocurrido como con el deporte de alta competición. Estamos forzando tanto la máquina para “cada vez más y mejor” que igual estamos traspasando, si no lo hemos hecho ya, la frontera de lo razonable para buscar algo que igual se parece más al circo que a la música. En el circo romano había sangre. ¿Vamos a convertir la sangre sobre el teclado en una imagen habitual? Espero, por el bien de todos y sobre todo de los músicos del presente y del futuro, que no. Si yo fuera jurado de este concurso… qué quieren que les diga. Me sentiría muy, pero que muy incómodo.

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