Rafael Ortega Basagoiti

Domingo y Conlon: Verdi en versión de Concierto

Madrid. Teatro Real. Verdi: Giovanna d’Arco (versión de concierto). Carlo VII: Michael Fabiano. Giacomo: Plácido Domingo. Giovanna: Carmen Giannattasio. Delil: Moisés Marín. Talbot: Fernando Radó. Coro y Orquesta Titulares del Teatro Real. Director: James Conlon.

Que el Verdi de Giovanna d’Arco no alcanza el milagroso nivel de su tríada excelsa (Rigoletto, La Traviata e Il Trovatore, esta última también en escena en el Real estos días, y sobre la que escribiré tras la representación del 25), y menos aún el de sus grandes óperas de madurez como Otello o Falstaff (también presentado en esta temporada del Real) es algo que no creo que nadie discuta. Pero el germen del genio, qua ya había asomado con más tino en Nabucco, estaba ahí, por mucho que, a lo largo de la partitura, como se ha señalado estos días, se respire en muchos momentos un belcantismo más belliniano o donizettiano. ¿Y qué? Al fin y al cabo, la música no deja de tener momentos de gran belleza, tanto en la parte más exaltada de los dos primeros actos como en la más dramática del último. Momentos como el aria de Carlo en el acto III (Quale più fido amico) con violonchelo y corno inglés (pueden escuchar la versión de Francesco Meli aquí:https://www.youtube.com/watch?v=3m81aQkrz1I) o la escena última de la obra son, creo, de una belleza indiscutible. El problema básico de Giovanna d’Arco, como señalaba acertadamente Joan Matabosch en la rueda de prensa de presentación de esta obra, es que el libreto de Temistocle Solera, que él vendió como “original” a Verdi cuando en realidad era una adaptación (y chapucera) de La doncella de Orleans de Schiller, no se sostiene. Para colmo, Solera cambió las cosas para no cabrear a la Iglesia y acabo mandando a Juana de Arco a morir en batalla y no en la hoguera, convirtiendo al pobre padre en acusador de su presunta herejía. Un despropósito, en suma, que culmina en un acto final que sólo se digiere por el inmenso talento del compositor de Busseto. Bien está pues, que se recupere esta partitura en versión de concierto, porque ponerla en escena con semejante libreto es un compromiso. Sobre la interpretación que estos días nos ofrece el Real, tras el estreno del día 14 he podido leer de todo, y casi todo malo, la verdad. Ayer, a medida que transcurría la función, cada vez entendía menos lo que había leído. Y sobre todo no entendía la desproporción. Vayamos por partes. El tenor Michael Fabiano, responsable de encarnar el insulso personaje de Carlos VII, solo tiene una posibilidad: sacar partido de la bella partitura que tiene. El de Nueva Jersey tiene una voz atractiva, ocasionalmente algo más destemplada en el agudo, pero luce una buena línea de expresión y su prestación fue más que convincente, por mucho que se note que esto de la ópera en concierto no termina de encontrarle cómodo. De hecho, si nos ponemos puntillosos con él, no sé dónde quedarían otras de las que hemos escuchado esta temporada, como el Idomeneo que nos ofreció Eric Cutler, sin ir más lejos. A la Giannattasio también la han puesto a escurrir, incluyendo (valiente chorrada) el hecho de que sacara tres vestidos diferentes. Hasta se ha dicho que no parecía una campesina. Teniendo en cuenta que estábamos en una versión de concierto, esto es sin puesta en escena ni vestuario específico, ¿qué demonios importa el vestido que lleve la soprano o si saca uno o siete? El hecho es que la italiana, evidentemente, queda lejos de Caballé (en su legendaria grabación con Domingo -allí ejerciendo de tenor- y el hoy denostado, por motivos extramusicales, Levine) y, en momentos más recientes, de Netrebko, porque no posee su riqueza de matiz y la voz se destempla a veces en el agudo, no siempre además entonado con precisión. Pero tuvo momentos muy convincentes de expresión (su dúo del último acto con Domingo fue muy notable) y niego la mayor de que sea, como he leído, incapaz de cantar por debajo del mezzoforte. Al menos eso no es lo que yo escuché ayer. Con Plácido Domingo los colegas críticos han sido mucho más benevolentes, y en más de un caso, han expresado rendida admiración. Justo es que sea así, porque es un verdadero milagro que con 78 años el otrora tenor madrileño, hoy metido en trances de barítono, cante como lo hace. Su volumen, su color, mantienen una redondez asombrosa incluso quedando, faltaría más, lejos, muy lejos de los de antaño. El debate de si lo de su rol baritonal es una estafa o no (conozco algún crítico que pidió como regalo de reyes este año su retirada definitiva del escenario) no parece que vaya a terminar, por muy estéril que sea. Evidentemente, basta escuchar a Milnes (grabación mencionada) o Bruson (con Chailly) para entender que el color no es el de un barítono. Pero, y aquí expreso casi mi única coincidencia con el resto de las críticas, o la mayoría de ellas, Plácido Domingo pisa la escena, canta la primera frase… y apabulla. ¿Que administra los medios que ahora tiene? Indudable. ¿Que en los concertantes guarda energías? Cierto. Pero llegan el aria doliente al principio del tercer acto, Speme al vecchio era una figlia, o el dúo con Giovanna en el último acto, y… amigos míos, no queda otra que descubrirse ante la sabiduría artística y la intensidad expresiva de su canto. Mal que les pese a quienes tanto le critican, sigue dando muestras, y no pocas, del gran artista que es. Al contrario que en otras versiones operísticas en concierto, en una decisión que, esta sí, no la entiendo muy bien, la orquesta se situó en el foso, mientras el coro lo hacía en el escenario. No se facilitó con ello la labor de James Conlon, pero el maestro neoyorquino ofreció lo mejor de la noche. Dirección atenta, cuidada en el acompañamiento de los cantantes, bien matizada, clara en los planos, muy intensa y genuinamente verdiana, rítmicamente precisa, a años luz de la grisura que vimos en la que Rustioni nos ofreció en Falstaff hace un par de meses. Es una verdadera lástima que a Conlon solo lo disfrutemos en estas versiones de concierto, porque su conocimiento y oficio hubieran sido más que valiosos en más de un título musicalmente malogrado de Verdi en las últimas temporadas el Real (Otello, Aída…). No es de extrañar que a su preciso y cuidado mando la orquesta ofreciera una de sus mejores caras. El coro, magnífico también, y estupendamente llevado por Conlon, fue también consumado triunfador de la noche. El éxito fue grande y habla de una velada que resultó mucho mejor de lo que otros colegas han reconocido en la del estreno.

Como de costumbre les ofrezco enlaces a sus reseñas. No puedo evitar expresar un especial desacuerdo con la de El País, tantas veces sorprendentemente generoso con cantantes y directores musicales mediocres que han desfilado por el Real y en esta ocasión de una dureza tan extrema que habla de “truño” en el titular de la misma. Inexplicable para mí. Les ofrezco también el enlace a la versión mencionada de James Levine con la Orquesta Sinfónica de Londres, con Plácido Domingo, Montserrat Caballé y Sherrill Milnes en los papeles principales. Creo que la mejor de las existentes en el catálogo. Si no han podido disfrutar de esta función en el Real, espero que lo hagan al menos en esta sensacional interpretación. En una semana, Il Trovatore.

Verdi – Giovanna d’Arco – Grabación de Caballé, Domingo y Milnes – Sinfónica de Londres – James Levine: https://www.youtube.com/watch?v=vO7F2i2PKQw

Reseñas:

El País: https://elpais.com/cultura/2019/07/15/actualidad/1563171932_090848.html

ABC: https://www.abc.es/cultura/musica/abci-verdi-apuros-201907151300_noticia.html

La Razón: https://www.larazon.es/cultura/musica/las-lecciones-de-placido-domingo-AH24232013

Platea magazine: https://www.plateamagazine.com/noticias/7129-carmen-giannattasio-michael-fabiano-y-placido-domingo-cantan-giovanna-d-arco-en-el-teatro-real

Codalario: https://www.codalario.com/giovanna-darco/apartado-para-rotacion-de-informaciones-en-la-cabecera/critica-giovanna-darco-de-verdi-en-el-teatro-real-de-madrid-bajo-la-direccion-de-james-conlon_8272_34_25555_0_1_in.html

 

 

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