Rafael Ortega Basagoiti

Del tomate a la ensalada

El otro día se estrenó Kirill Petrenko como nuevo titular de la Filarmónica de Berlín. El concierto del viernes 23 en la Philharmonie de Berlín ofreció una magnífica versión de la Suite de Lulú de Alban Berg y una brillante pero discutible Novena de Beethoven. Petrenko, aclamadísimo director de ópera en general y de Wagner en particular, tiene, sin embargo, un crédito menos evidente como director sinfónico.

Los Berliner están entusiasmados con él, o eso parece en las declaraciones de algunos de ellos (evidentemente si los hay menos favorables no van a salir a decirlo en la plataforma de la orquesta), pero lo que he repasado del archivo de la Berliner arroja una energética y vibrante Sinfonía Haffner de Mozart, una igualmente eléctrica Séptima de Beethoven y un notable Don Juan de Strauss, pero también una Patética de Chaikowski que pareció menos inclinada al pathos de lo que pide la partitura. La Novena del gran sordo, repetida al día siguiente en el foro abierto de la puerta de Brandenburgo berlinesa y retransmitida gratis desde la plataforma de la orquesta, adoleció, para quien esto firma, de exceso de rapidez, especialmente en los movimientos primero y tercero. Cierto, la Novena culmina en un gran himno de alegría y júbilo, pero contiene, en su primer tiempo, momentos de intensidad dramática evidente, y en el tercero, pasajes que reclaman un aliento lírico más reposado. Ni uno ni otro aparecieron, llevada la música a una velocidad que apenas permitía el juego de tensiones. Algún tempo pareció incluso bordear los límites de lo verosímil con instrumentos modernos. Lujo que los Berliner, técnicamente superlativos, pueden permitirse, pero que otros, probablemente no; independientemente de que, como he dicho antes, la cosa tenga sentido musicalmente hablando. Fue la de Petrenko una Novena llena de nervio y energía, desde luego, pero quizá desequilibrada por ello. Personalmente, algunos de sus antecesores en el cargo (Karajan, Abbado en su segundo ciclo, por no remontarnos más atrás) ofrecieron versiones de esta obra bastante más atinadas en la recreación integral de la partitura, no solo en el aspecto más brillante o enérgico. Habrá que ver cómo evoluciona el aparentemente tímido pero nervioso y muy gesticulante director ruso.

En otro orden de cosas, hay días en que me pregunto si, también en el mundo de la música clásica, nos encaminamos hacia el dominio del “Aquí hay tomate” en lugar de ocuparnos de cosas de mayor enjundia. Digo “también” porque voy teniendo claro que, en otros mundos y materias, el tomate está adquiriendo carta de naturaleza y convirtiéndose en ingrediente esencial del menú. No tiene servidor nada en contra del solanum lycopersicum, que tal es, dicen, el nombre culto del vegetal, pero lo de “aquí hay tomate” me trae tristes recuerdos de un programa de esos de telebasura presentado por el insufrible Jorge Javier Vázquez dedicado al famoseo y sus aledaños. No ayudan a alejar el recuerdo al programa titulado sobre el rojo y sabroso vegetal episodios lamentables como el de las acusaciones sobre Plácido Domingo, que aún ha de colear, desgraciadamente, y en el que algunos siguen encontrando razones para crucificar al tenor, pero tampoco lo hacen otros, bien por su banalidad o por lo que descubren de batallitas que, en efecto, adquieren un tufo sospechoso a peleas de egos de las que aparecían en programas como el mencionado, de esos de “que te calles, Karmele”. Bien está enterarse de disputas con implicaciones artísticas. Hemos tenido la de Thielemann con Gergiev en Bayreuth (KO del alemán al ruso), y luego la del mismo Thielemann con Bachler a cuenta del Festival de Pascua de Salzburgo. Esta última pinta a que el segundo va a prescindir del primero y de la Staatskapelle de Dresde para recuperar a la Filarmónica de Berlín (que protagonizaba el Festival en tiempos de su fundador, Karajan) y su nuevo titular, Kirill Petrenko. Hemos tenido también la espantada de Sir András Schiff de la Schubertiada de Schwarzenberg, con una respuesta del director del Festival, Gerd Nachbauer, en la que, además de darle a entender que su proposición de programa era tardía y que las obras propuestas ya habían sido acordadas con otro intérprete, le echaba en cara sus críticas al Steinway empleado en el certamen. Schiff ha sido siempre proclive a Bösendorfer, y aunque al que suscriben le gustan los instrumentos del vienés, no siempre he entendido los argumentos del húngaro, que a veces consistían más en poner a escurrir otros constructores que en elogiar las virtudes del Bösendorfer, que las tiene y bastantes. El hecho es que lo que en principio había sido una cancelación, digamos, privada, se transformó merced a Nachbauer en una batallita pública en plan “y además tu me has hecho pupa con esto, hala, ahora no te “ajunto”. Ya lo ven, cuando uno empieza con el tomate, la ensalada suele ser inevitable. La lechuga se ve venir. Y en efecto, entrando en la lírica, la soprano Kathryn Lewek ha publicado en redes sociales un comunicado de queja sobre los críticos que han recibido con comentarios “vergonzosos” su figura en la vuelta a los escenarios tras dar a luz, lanzando un ataque contra los críticos (así, sin distinción) con el hashtag #shameoncritics. Hace muy bien la norteamericana en elevar una queja con tal motivo, pero debería recordar un par de cosas. En primer lugar, que, como relaté hace tiempo en un artículo publicado en otro medio (https://elcierredigital.com/deocio/911059912/director-escena-mato-esencia-opera.html), los “iniciadores” de esta “manía” de la buena planta y la esbelta figura (que, por cierto, no sólo afecta a los cantantes) no fueron, esencialmente los críticos, sino quienes manejan los hilos de este asunto entre bastidores. Sonoro fue aquel despido de una soprano, por gorda, de una producción de Ariadna en Naxos, papel que logró recuperar tras perder un montón de kilos. No fue ningún crítico el que la despidió, sino… en efecto, han adivinado quién: el director de escena. No quiere esto decir, obviamente, que algunos críticos no metan, o no metamos, el remo. Pero la cruzada de Lewek equivoca el objetivo si solo la dirige a quienes escribimos sobre la materia (entre otras cosas porque algunos ya estamos de su parte). El origen de esa moda de “la buena planta” está, insisto, entre bastidores. Analicen si no cuántos solistas y o directores actuales gozan de esa “buena planta”. Analicen cuánto se gastan las discográficas en reportajes fotográficos dignos de revistas de moda, hasta con su pizquita de sensualidad (les invito a que se fijen en cuántas solistas y cantantes aparecen en las portadas de sus discos descalzas; ¿casualidad? Ya les digo yo que no). No, en la tendencia actual de lo insustancial y el predominio de la fachada, la “buena planta”, como la “buena venta”, se ha convertido en una necesidad. Si la fachada es de catedral gótica, tanto da que tras pasar el umbral encontremos un burdel. Pero errará quien piense que los seguidores, críticos o no, de tal tendencia son los responsables del desatino. Los responsables son quienes manejan el cotarro, y por supuesto, los artistas que se sumergen en la corriente, aunque esa los lleve, finalmente, a quejarse del camino emprendido. En esta trayectoria desafortunada en la que el tomate ya se acompaña de lechuga y otros ingredientes, la pareja Anna Netrebko / Yusif Eyvazov ha dado mucho juego este verano, para culminar una ensalada de campeonato. Primero con cancelaciones debidas a agotamientos sospechosamente coincidentes destapados luego con desparpajo por los interesados al revelar sin pudor fotos en juergas y bodas, en las que lo que se dice muy agotados no parecían. Después, no contento con las fotos en cuestión y el runrún desatado en los ambientes líricos tras su frívola publicación (antes hacían la labor los paparazzi, ahora la hacen los propios interesados, así que a los fotógrafos de tal especie a este paso los veo en el paro), el tenor ha decidido sacar pecho sobre los resultados de su dieta, en declaraciones a la revista rusa days.ru (no les pongo el enlace porque está en ruso, pero Lebrecht y algún otro medio lo han recogido en inglés), haciendo gala de que ha perdido 26 Kilos (pesaba 120 la criatura). El mundo de la ópera ha recibido con incontenible alborozo la noticia del éxito de la saludable iniciativa del tenor, y con paralela estupefacción la íntima y fundamental revelación con que la ha salpicado. No crean, no, que se trata de una evidente recuperación en sus niveles de colesterol, o en alejar de sí el fantasma de la resistencia a la insulina y la casi inevitable diabetes que le seguiría. Tampoco crean que ahora sus agudos son mejores, o que sus movimientos en escena han ganado. No, lo fundamental es que ahora dice “funcionar mejor en la cama”. Estupendo. Temblando estaba la lírica mundial de pensar que los michelines de Eyvazov, más que afectar a sus agudos, estuviera en trance de afectar a los de Netrebko por aquello de la frustración en la función de aquello. Vivíamos sin vivir en nosotros preguntándonos cómo irían las cosas en el tálamo para la pareja canora. Pero parece que, albricias, aquello funciona mejor ahora que el peso (corporal, no confundamos) se ha reducido, de manera que gozaremos encantados de los agudos de Netrebko y Eyvazov, sin perjuicio de que los vecinos sientan bien cercanos los tales agudos cuando aquello funcione a pleno rendimiento. No sé si tal entusiasmo conduzca a más cancelaciones sospechosas de la cosa canora para practicar el mejor funcionamiento de aquello, pero en todo caso hay algo que sí está asegurado: el dominio del tomate y la ensalada. Por desgracia. Mejor tomarlo con algo de humor ¿no?

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