Rafael Ortega Basagoiti

¡Ahí va! ¿Los donuts? ¡No, la cabeza!

Queda apenas una semana de estado de alarma, si el gobierno no se vuelve atrás por algún susto de última hora, y estaremos abocados a lo que yo llamo la nueva anormalidad, porque llamarle normalidad a lo que vamos a vivir es otro más de los despropósitos de este lenguaje de idiotas que vamos construyendo, en el que la corrección política debidamente trufada de eufemismos de apariencia tan traicioneramente suave como profundamente mema, continúa atacando sin pausa cualquier atisbo de inteligencia y sensatez.

La mente humana es a menudo capaz de cualquier mecanismo con tal de encontrar justificación al comportamiento elegido entre varias opciones. Cuando no queremos hacer una cosa, podemos ser capaces de imaginar mil excusas para no hacerla: es eso que se llama supresión creativa. En lugar de emplear las energías en hacer lo que es necesario, aunque no nos apetezca, ideamos mil argumentos para convencernos de que quizá no es tan necesario hacerlo. Puede que incluso no sea conveniente. Más aún, si somos suficientemente creativos, acabaremos plenamente convencidos de que es hasta peligroso.El fin del confinamiento, la profundidad de la crisis económica que la pandemia ha arrastrado, la herida psicológica del aislamiento social, la pobreza y las vidas perdidas, son todos ingredientes favorecedores de un estado de lógica ansiedad por reencontrar la normalidad perdida. ¿Cuántos de nosotros hemos expresado que lo que queremos no es esa estupidez de la “nueva (a)normalidad” sino la normalidad de toda la vida? Todos queremos, faltaría más, que los teatros, los conciertos, los cines o los museos recuperen la normalidad. También los restaurantes, las terrazas y los centros comerciales, porque por mucho que algunos piensen que la han recuperado, sus condiciones actuales distan de ser las que hemos conocido siempre.

Pero, como también he señalado varias veces desde que todo esto empezó, la lógica ansiedad por recuperar cuanto antes todo lo que podamos de nuestra vida anterior no debe nublar nuestro entendimiento ni servir para desarrollar nuestra mejor versión de excusa creativa para justificar la decisión de meter la pata hasta el fondo. Tenemos que asumir, queramos o no, que durante un tiempo esa añorada normalidad no será posible, y que tendremos que aceptar la puñetera anormalidad provisional a que nos obliga el virus, sí o sí. En el ámbito musical, como he señalado con anterioridad en alguna ocasión, asistimos estupefactos a una auténtica ceremonia de la confusión, lanzados a toda velocidad a recuperar la actividad, pero, por lo que parece, literalmente, como pollos sin cabeza.

En los siguientes artículos, de este y otros foros, encontrarán algunas reflexiones y noticias sobre la pandemia, las implicaciones sobre la actividad musical y la auténtica ceremonia de la confusión que está rodeando al reinicio de la actividad:

https://www.enfumayor.com/2020/05/17/hacia-una-prudente-andadura/

https://www.enfumayor.com/2020/05/26/aprenda-la-leccion/

https://www.enfumayor.com/2020/06/06/duelo-provisional-por-la-normalidad/

https://scherzo.es/corona-news-tomen-el-que-quieran/

https://scherzo.es/corona-news-2-en-caso-de-duda-no-determines-cosa-alguna/

https://scherzo.es/corona-news-4-para-todos-los-gustos/

https://scherzo.es/corona-news-5-vuelta-o-revuelta/

En este auténtico recital de despropósitos, el último ha sido la publicación por parte del INAEM, de una “Guía de Buenas Prácticas” para el reinicio de la actividad  (https://scherzo.es/el-inaem-hace-publica-una-guia-de-buenas-practicas-para-el-reinicio-de-la-actividad-escenica-y-musical/), documento farragoso, ambiguo y completamente falto de rigor, que analicé ayer mismo con cierto detalle para Scherzo (https://scherzo.es/guiar-guia-poco/). Básicamente el documento es cualquier cosa menos lo que reza su título: una guía.

Como señalé ayer en dicho análisis, y como he comentado en otras ocasiones desde este foro, uno de los problemas con que nos topamos en la lidia de este maldito virus es que es mucho más lo que no sabemos que lo que sabemos. Tratamos de suplir lo que no sabemos, en muchas ocasiones, con intuición y el ejercicio de la mejor voluntad. Pero es indudablemente cierto que la evidencia que tenemos sobre muchos aspectos del virus, incluida su transmisión, es, en bastantes aspectos, limitada. Sabemos, desde luego, que, como otros virus respiratorios, se transmite por contacto directo con gotículas expelidas por un paciente infectado al toser o hablar, y también porque dichas gotículas se hayan podido depositar sobre superficies que luego haya tocado quien se contagia.

Si el único mecanismo fuera ese, parecería algo más sencillo (digo “algo”, no “muy” ni “bastante”) tomar medidas para mitigar el riesgo de contagio. Pero por desgracia, el tema es más complejo, porque además de esas gotículas, es posible, y de hecho, bastante probable, que partículas portadoras de virus, de mucho menor tamaño, puedan transportarse por el aire en forma de aerosoles y favorecer, eventualmente, el contagio de la enfermedad a través de un mecanismo que no sería el del contacto directo con infectados. En los pocos meses (como dije ayer, han sido pocos, aunque se nos haya hecho todo muy largo) transcurridos desde el inicio de la pandemia, ha habido una controversia considerable sobre la cuestión.

Ya a principios de abril, un artículo-noticia en Nature ( https://www.nature.com/articles/d41586-020-00974-w) se preguntaba sobre esta cuestión y reconocía que no había consenso entre los expertos, aunque finalmente, no habiendo evidencia sólida pero existiendo una base más que plausible (algunos estudios, y el hecho de que otros virus de transmisión respiratoria han sido vehiculados por aerosoles) para pensar que esa vía de contagio fuera real, recomendaba, con una más que comprensible cautela, actuar como si tal mecanismo de transmisión fuera un hecho.

Sin embargo, desde entonces se han publicado algunos artículos que van sumando, poco a poco, cada vez más evidencia a favor de que, en efecto, los aerosoles sean una vía de contagio del SARS-Cov-2, especialmente en ambientes cerrados. Y, por ello, va creciendo la necesidad de que tal vía de contagio se tenga en cuenta a la hora de diseñar estrategias de mitigación de riesgos. En China se ha descrito el contagio en un restaurante, durante una comida de año nuevo. El asunto ha sido recogido por dos grupos de investigación diferentes, aunque uno de ellos ya ha publicado sus resultados tras revisión por pares (https://wwwnc.cdc.gov/eid/article/26/7/20-0764_article). Para aquellos no interesados en el detalle científico del asunto, el diario El País describió con buen detalle gráfico el tema (https://elpais.com/ciencia/2020-06-06/radiografia-de-tres-brotes-asi-se-contagiaron-y-asi-podemos-evitarlo.html?fbclid=IwAR2GdCzU8i9KSziqjteEQKATyFnPznJT7GI400CT9r4ZRhf2Z–LZVa-BDk).

En paralelo, otros estudios han apuntado en parecida dirección. Algunos se han basado en lo que podría considerarse una modelización (https://www.pnas.org/content/early/2020/06/10/2009637117), otros han analizado el asunto en sendos hospitales de Wuhan, encontrando indicios sólidos de que esta vía de transmisión es más que probable (https://www.nature.com/articles/s41586-020-2271-3), y otros, en fin, han analizado la persistencia en el aire de partículas emitidas con el habla, con resultados que apuntan, con bastante solidez, a que el tema de los aerosoles conviene tomarlo muy en serio ( https://www.pnas.org/content/117/22/11875?ijkey=507d395625f733abeae9c29569d3f64606a5a096&keytype2=tf_ipsecsha#ref-17; el artículo en cuestión contiene también un vídeo donde puede observarse el experimento), porque si el habla es un problema, no les quiero contar el canto o los instrumentos de viento. Hay algún artículo que llega incluso más lejos, sugiriendo que tal vez 2 metros no sean suficientes (https://www.mdpi.com/1660-4601/17/8/2932/htm?fbclid=IwAR3_wPAz0tCA7DXBxlfzeXnlBMQJaw1stpp30GkPPx0fCA2N-SrTT9BKImQ) si no se acompañan del empleo de mascarilla.

La Dra. Lidia Morawska, reconocida experta australiana en la materia, escribió recientemente un interesante artículo con un título de esos que se explica solo: Transmisión aérea del SARS-Cov-2: el mundo debe afrontar la realidad (https://www.ncbi.nlm.nih.gov/pmc/articles/PMC7151430/).

Las implicaciones de esta vía de contagio sobre la actividad musical (y sobre la escénica en general) y sobre las estrategias de mitigación a implantar para locales cerrados son, evidentemente, muy significativas. Parece, a la luz de lo que sabemos, como mínimo prudente, establecer medidas no solo en cuanto a distancia y al uso de mascarillas, sino también en cuanto a ventilación y circulación del aire, asunto que (el caso del restaurante chino parece claro) podría tener una importancia considerable.

Sorprende por ello aún más que un documento oficial como el del INAEM pase por encima de este asunto sin siquiera mencionarlo. Es evidente que, a la hora de diseñar estrategias de minimización de riesgos, hay que disponer primero de una valoración adecuada y fiable de estos. Y es evidente que, en muchos aspectos, aún no disponemos de la evidencia sólida sobre ello. Pero también parece de una lógica elemental que, cuando una posible vía de contagio está cada vez más cerca de la certeza que de la hipótesis, se actúe, en cuanto a mitigar riesgos, como si, efectivamente, estuviéramos ante una certeza. Es una elección entre lo que se antoja razonable cautela (pongámonos en lo peor: que exista transmisión por aerosoles, y diseñemos los mecanismos para evitarla o minimizarla) o la arriesgada aventura (actuemos como si ni existiera tal transmisión, y tan anchos, oiga).

Actuar, haciendo gala de una supresión creativa de extraordinario alcance, como si el problema no estuviera, con tal de justificar la decisión de retomar una actividad deseada, porque la opción de no retomarla o de retomarla con medidas de seguridad excepcionales no se quiere contemplar, puede tener consecuencias indeseables. Justificar esa supresión creativa con argumentos como “si se permiten las aglomeraciones en terrazas, ¿por qué no en salas de conciertos?” es no sólo una conducta de parvulario, sino una insensata invitación a la perpetuación del disparate. Puestos a justificar un disparate porque otro se ha perpetrado y permitido antes, la secuencia puede no tener fin. El disparate en modo perpetuum mobile, pero sin música de Strauss. Lo siento, los argumentos infantiles y demagógicos “à la Netrebko” no me parecen de recibo en un asunto tan serio.

Definitivamente, todos tenemos ganas, todos tenemos ansia de volver. Yo, personalmente, prefiero hacerlo conservando la cabeza. Qué quieren que les diga, le tengo cariño. Creo que muchos músicos y aficionados estarán conmigo. Algunos parecen haberla perdido o habérsela dejado en casa, como aquel de la cartera y los donuts. Eso por no hablar de los que nos inundan a estupideces todos los días. Esos no es que la hayan perdido. Es que no la han tenido nunca.

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One thought on “¡Ahí va! ¿Los donuts? ¡No, la cabeza!

  1. Como de costumbre, creo que has dado en el clavo amigo mio.
    Será mas razonable esperar a tener estudios que nos garanticen la forma en la que debamos comportarnos y no lanzarnos al vacio sin paracaídas.

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