Rafael Ortega Basagoiti

¿Dónde está la Coca-Cola? Reflexiones en torno al revisionismo en la escena operística

En junio de 1991 (ya ha llovido), el firmante entrevistó al director británico Sir Neville Marriner (Scherzo nº 55, pags 45 a 48, número que puede descargarse aquí: https://scherzo.es/hemeroteca/junio-1991/ ). En un momento dado, deslicé una pregunta sobre la poca querencia del fundador de la Academy of St Martin in the Fields a dirigir ópera en teatro cuando, en cambio, la grababa a menudo en disco, y la respuesta, educada pero contundente del famoso director, se explica sola. Lean:

S.-Usted ha llevado al disco mucha música de Mozart, y en los últimos años ha grabado algunas óperas: Cosi, La flauta mágica y Las Bodas de Fígaro…

N.M.-(interrumpiendo,)… y Don Giovanni, que acabamos de grabar, con Thomas Alien como protagonista…

S.-Pero usted no simpatiza mucho con la idea de dirigir en teatros de ópera…

N.M.-SI, es cierto, mi actitud ante la ópera es la del marisco que se encierra en su concha. En el estudio de grabación soy yo el que realmente controla la situación… nadie tiene otra cosa que hacer que no sea concentrarse en la música. En el teatro es al revés. El director de escena se ha convertido en la figura más importante para los cantantes, y la música queda en segundo plano, es como dirigir un musical: lo importante es lo que pasa en la escena. Si ustedes van a cualquier teatro de ópera, verán que los ensayos de escena duran hasta un mes, y los musicales apenas una semana. Claro, cuando uno llega (haciendo un gesto de desesperación e impotencia abriendo los brazos) ¡todos han caído en manos del director de escena! (risas). Si a ello añadimos que no he tenido precisamente buenas experiencias con los directores de escena…

Hace poco más de dos años, en junio de 2019, tuve la ocasión de charlar largo y tendido con el maestro norteamericano James Conlon, director musical de la Ópera de Los Ángeles. En esa entrevista, que puede leerse entera aquí (https://scherzo.es/james-conlon-el-unico-protagonista-es-el-compositor-y-su-obra/), tuvo lugar el siguiente diálogo:

S.: Ha mencionado usted antes el cambio en la escala de valores que se ha experimentado en las últimas décadas. La creciente importancia de las carreras profesionales, la influencia del marketing. Toda la escala de valores de lo que solía importar en la ópera pareciera haber cambiado. Usted hablaba de la importancia de las voces. En los últimos años parece que asistimos a un protagonismo decreciente del compositor, de las voces y del director musical. El protagonismo parece estar en el director de escena. Hasta hay anuncios que hablan de la ópera X y en lugar de mencionar a su autor, mencionan al director de escena. Algunos directores de orquesta incluso han dejado de dirigir ópera en Teatro porque no comparten el poder tan absoluto de esa figura… ¿Cómo ve usted este tema?

J.C.: Bueno, en primer lugar, el protagonista, el único protagonista, es el compositor y su obra. Punto.

S.: … o así debería ser, desde luego.

J.C.: Desde luego, al menos desde mi punto de vista. Respecto a los directores que dejaron de dirigir ópera en Teatro por la razón que acaba usted de apuntar, sé de forma muy directa que ya George Szell, hace años, dejó de dirigir en Teatro por esa razón. Y si Szell lo dejó ya en aquel momento, en el que las cosas aún eran relativamente razonables, ¿puede usted imaginar lo que haría ahora, en el actual estado de cosas? [Nota: Durante la rueda de prensa posterior sobre Giovanna d’Arco, surgió también alguna discusión sobre las puestas en escena actuales. Plácido Domingo comentó que había visto una producción reciente de Otello en la que el decorado era una inmensa caja negra. “Con ese decorado se podía representar cualquier ópera”] Karajan también dejó de hacerlo… y su solución fue convertirse él mismo en el escenógrafo (risas). Yo puedo entender los dos puntos de vista. La Ópera es teatro, sí. Y como tal, debe ser innovada. Más en el aspecto teatral que en el musical. La música tiene una cualidad intemporal que hace que eso no sea procedente. No tenemos que reinventar a Mozart, a Beethoven, a Brahms o a Verdi. Sí entiendo que la parte teatral debe revisarse. Pero, no obstante, para mí hay una regla muy clara. Cuanto el director de escena sirve a la obra y a su autor con respeto y humildad, como yo intento hacerlo desde el podio, para mí está bien que pueda revisarse la parte teatral. Pero si cualquier intérprete, y eso vale para el director de escena, para los cantantes y para el director musical, utiliza la obra como vehículo para su propio protagonismo, entonces lo siento, pero yo no puedo compartir eso. Y sí, es cierto, el mundo ha cambiado demasiado en este sentido, y eso me preocupa.

S.: Hay diferentes opiniones, no es tan frecuente encontrar opiniones equilibradas como la que usted acaba de expresar. Esta barrera parece una realidad estos días, e incluso algunos directores de teatros parecen favorecer esta tendencia al exceso. Y, en una era en la que necesitamos atraer nuevos públicos (usted mismo lo ha comentado en otras entrevistas), pudiera ser que esta tendencia, en lugar de atraer nuevos públicos, terminara por alejar, al menos en parte, al que existe…

J.C.: Es un tema difícil… en primer lugar, déjeme decir que supuestamente la razón para esta innovación, hace cincuenta años (porque ya hace cincuenta años de eso), era terminar con todos los clichés y convenciones. “Seamos innovadores y modernos, deshagámonos de todos estos clichés…”. Pero si lo que se pretende es atraer nuevo público, gente joven, hay que recordar que la mayoría de ellos (resaltando con énfasis sus palabras) ¡no habrá tenido ocasión de ver una representación con una puesta en escena “tradicional”! Por tanto, el argumento de que todo esto es revolucionario es, lisa y llanamente, publicidad falsa. No es revolucionario en absoluto. Ahora es un sistema. Como en todas las revoluciones, tuvo un fundamento en su principio. Algunas veces una buena razón. Y como en todas las revoluciones, hubo reformas y también algunas veces, más tarde, abusos. No creo que nadie debiera usar el argumento de que están revolucionando la ópera desde el punto de vista de las puestas en escena. No lo están haciendo. Es falso. Y en cuanto a la gente joven, ellos están abiertos a cualquier cosa. Pero no (lo resalta) están cerrados a una representación tradicional. No veo razón alguna para no ofrecerles una visión honesta de la obra… y desgraciadamente no es el caso siempre. Un colega me contó hace poco una historia curiosa. Llevó a su hijo a una representación de El Rapto en el Serrallo en un teatro alemán. Todo era moderno, y había una nevera, con Coca-Colas y refrescos… Y este colega me hizo una reflexión en voz alta: “¿Qué pasa si este chaval vuelve a ver El Rapto dentro de quince o veinte años y pregunta dónde está la nevera? ¿dónde está la Coca-Cola? (risas).

Que estos dos diálogos, separados casi veinte años, tengan tanto en común, dice mucho sobre la seriedad del asunto, más bien la seriedad del problema, porque de un problema creo que se trata. Que Karajan decidiera convertirse en escenógrafo él mismo puede tal vez explicarse por su ego y por su necesidad de ejercer el poder absoluto, aunque no habría que desdeñar que hubiera en su decisión también algún que otro desengaño con algún escenógrafo rompedor. Que gente como Szell, Giulini o Haitink acabaran por dejar los fosos operísticos (o limitándose al disco, como Marriner), debería ser un síntoma de que el enfermo tiene un mal al que hay que prestar atención. Otros parecen (¿necesidad?) rendidos ante el tumor que consideran irrefrenable, y que aceptan, a regañadientes, expresando su malestar solo en privado, o, como los ejemplos citados de Marriner o Conlon, de manera más pública. En otros, la rebeldía se ha saldado con el abandono de la tarea, con lo que el perdedor… ha sido el público, que vio partir a estas ilustres batutas de los fosos, víctimas de la voracidad revisionista de los escenógrafos.

La última frase de la entrevista de Conlon es para meditar. ¿Tiene sentido la búsqueda e investigación de sonoridades originales, de atención a los más finos detalles de estilo con arreglo a las fuentes, para producir, por ejemplo, una Popea monteverdiana con los más hermosos timbres y colores… y a continuación vestirla como Robocop, como ocurría en una producción musicalmente exquisita dirigida por René Jacobs? ¿No se estará olvidando, para satisfacer ánimos innovadores en quienes (sobre todo críticos) han visto trescientas veces una obra, a quienes (como declara Conlon) ven esa ópera por vez primera, con el riesgo de que, desde el principio, “conozcan” la obra con una escena que nada tiene que ver con la intención original y, lo que es peor, puede necesitar una verdadera, y a menudo compleja, exégesis para su comprensión?

La foto que encabeza el artículo pertenece a una puesta en escena de Tannhäuser, de Wagner, en el Festival de Bayreuth, estrenada en 2019 y aún hoy elogiada estos días en algunos medios. ¿Ingredientes para meditar? Yo diría que sí…

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2 thoughts on “¿Dónde está la Coca-Cola? Reflexiones en torno al revisionismo en la escena operística

  1. Yo he llegado a un punto en que grabo muchas óperas de canales especializados sin mirarlas antes de poder verlas y , cuando lo hago, al primer vaquero, abrigo negro largo, pistola, radiador o coche de lujo, las borro, no importa quien las dirija o quién la cante.
    Tuve la suerte de que mis padres me introdujeron en esa galaxia, rodeado de ZLA TEBALDI , MAX LORENZ , la GROBPRANDL, SOUTHERLAND… yo crie a mis hijos con la CABALLÉ , KRAUS, CARRERAS, etc… siempre con los montajes tradicionales o por lo menos respetuosos.
    Así que ahora me indigno, lloro y pataleo.

  2. Soy tan lega en esta materia que el afán por aprender y el interés que me despierta siempre las entradas de su blog, me hacen perder el pudor y me atrevo a expresar lo que siento ante este asunto tan controvertido.
    El autor creo su obra en un contexto temporal y social determinado, incluso en un contexto personal único (eso es más difícil de reproducir).
    Qué sencillo es así poner en valor los aspectos teatrales de la obra.
    Cómo ayudan a comprender, aprender….
    Más que los libros de texto….!!.
    Miro los retratos de mis abuelos con respeto y admiración, curiosidad e interés.
    Disponer de un programa de diseño gráfico…eleva al infinito las posibilidades de crear…..múltiples escenarios con las fotos originales de los Abuelos Jacinta y Cándido.
    Me gusta conservar la foto original……
    Gracias

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