Rafael Ortega Basagoiti

No creo lo que vidi

Lo he dicho varias veces, y me temo que continuaré haciéndolo. Entre las muchas estupideces entre deprimentes e irritantes que inundan la sociedad actual, una de las más dañinas, por su capacidad infectiva y por su sorprendente (al menos para mí) habilidad para el arrastre de masas, es la que se deriva de la dictadura de la corrección política. Y ésta no es sino la eufemística versión de la tiránica censura, que disfraza tras un pretendido (y pretencioso) progresismo lo que no es más que una imposición de pensamiento único, por absurdo, ilógico y disparatado que este sea. Dejar de tocar la música de Beethoven, por ejemplo.

En esta infausta versión moderna de que el fin justifica los medios, hemos decidido que el más que deseable camino a la igualdad empieza por el ineficiente, incorrecto, cansino y enrevesado lenguaje inclusivo, que no solo ignora la gramática, sino que pisotea con desparpajo la lógica. En la apoteosis del absurdo, la exageración ha conducido a la génesis de horrendos palabros, como la mención de los pavorosos “portavozas”, “miembras” y demás engendros, se encarga de recordarnos con insistente ánimo de tortura. Eso por no hablar de los “casi engendros”, como aquella vez en que cierta ministra estuvo a punto de decir “ustedes y ustedas”, y se quedó a mitad del segundo palabro, consciente ya de que el disparate había llegado incluso más allá de lo que su entusiasmo igualitario podía considerar razonable.

La música, como es natural (aunque sea triste), no ha permanecido inmune a la estúpida epidemia. Ya he relatado algún episodio de la misma, como la pretensión de la Filarmónica de Nueva York de eliminar el biombo en las audiciones para sus nuevos miembros de forma que el tribunal, en lugar de la escucha ciega, sea consciente de la etnia de los candidatos, y se permita una contratación más inclusiva en cuanto a los músicos afroamericanos y asiáticos. Lo cual, dicho sea de paso, es un bonito disparate en términos de la calidad del músico aspirante, pero eso, en los tiempos que corren, parece un efecto colateral indiferente en beneficio del ansiado equilibrio entre razas. En otras palabras, parece que lo de que la Filarmónica de Nueva York suene bien o mal viene dando igual, siempre y cuando la variedad étnica de sus miembros satisfaga a los sagrados veladores de la igualdad. Me imagino a alguien tan poco sospechoso de no ser progresista como Lenny Bernstein echándose las manos a la cabeza.

Hemos tenido también aquel absurdo cambio de nombre de los tres personajes cómicos en una producción canadiense de Turandot, porque un miembro de no se qué comité encargado de velar por sabe Dios qué parámetros de corrección política decidió que Ping, Pang y Pong, los nombres con que han sido y siguen siendo conocidos estos personajes desde que Puccini escribió la ópera, en los escenarios de todo el mundo, eran ofensivos para la población de origen oriental.

Y hete aquí que, el otro día, me topé con un artículo del NY Post (https://nypost.com/2020/09/17/canceling-beethoven-is-the-latest-woke-madness-for-the-classical-music-world/), que refiere otro de la musicóloga Nate Sloan y el compositor pop Charlie Harding (https://www.vox.com/switched-on-pop/21437085/beethoven-5th-symphony-elitist-classism-switched-on-pop) en el que se desarrolla un planteamiento de esos que uno solo se explica en términos de severa inflamación meníngea con irreversible degeneración neuronal secundaria o, por poner una alternativa más vulgar, en parámetros de onanismo intelectual. Porque uno lee, sin que termine de dar crédito a lo que lee, que Beethoven, y más concretamente su quinta sinfonía, se ha convertido en el paradigma de lo que la música clásica representa en términos de la supremacía de la raza blanca, que elimina las voces de las mujeres, la comunidad LGTBI y los músicos de raza negra. Como hubiera dicho Julio César en un cuento de Astérix: Veni, vidi, y no creo lo que vidi.

Sloan y Harding, que no son Oliver y Hardy, expanden su colosal estupidez reconociendo que la obra de Beethoven exigía del oyente una atención especial, y que de ello derivó el hábito (que deben considerar insano) de escuchar los conciertos en silencio, entre otros. Se refieren también al atuendo formal de los asistentes, aunque, en esta materia, se han quedado un poco desfasados, porque la audiencia de los conciertos hoy muestra todo tipo de atuendos, desde los muy formales a los completamente informales. Como no podía ser de otra manera, los autores acaban confundiendo la gimnasia con la magnesia, y para defender que las orquestas deben incluir más música de los compositores que “hoy pretenden ser los Beethoven de nuestros días”, lo que hay que hacer es… dejar de tocar la música de Beethoven, al menos durante un tiempo.

Es muy probable que algún furibundo entusiasta de la música contemporánea comulgue con el planteamiento. No seré yo, desde luego. La mejor forma de defender la música contemporánea es, desde luego, programarla, pero no a costa de cargarnos la de Beethoven, o, ya puestos, las de Mozart, Mahler, Bach, Shostakovich o Stravinski… y tantísimos otros. No hay que ser Nostradamus para anticipar que, si las orquestas dejan de programar a los grandes compositores de la historia y se dedican exclusivamente a la nueva creación, van a tener serios problemas para atraer al público. No es tan difícil combinar, y es mucho más eficaz para difundir el repertorio actual y que el público siga acudiendo.

Pero si la pertinaz idiotez acaba transformando la pretendida inclusión en torpísima exclusión, y como concluye Jonathan S. Tobin en el artículo antes precitado del NY Post, se puede cancelar a Beethoven, es que ya nada es seguro. Y si nada queda a salvo de la salvaje, irracional y estúpida tijera de la corrección política, la humanidad tiene un negro porvenir. Mucho más negro que el que está dibujando el virus.

Miscelánea – Pinceladas varias sobre sucesos recientes.

¿Se acuerdan del escándalo de la suspensión de la función del pasado 20 de septiembre en el Real? Sus mandamases no han tardado en echar a andar la maquinaria de propaganda, que es, de lejos, el departamento que mejor funciona en el coliseo madrileño. El otro día apareció el mismísimo Marqués en una entrevista en El Mundo (https://www.elmundo.es/cultura/musica/2020/09/29/5f722c1521efa0bc068b4618.html), si es que a eso se le puede llamar entrevista.

En una circunstancia como la que rodea ahora mismo al Real, no hay una sola pregunta retadora, ni una sola sobre cómo van a garantizar la distancia y la seguridad de los espectadores. Ellos, a por su aforo, ahora “generosamente” reducido al 65% en cada zona, aunque no se lo demande la normativa. Pero 65% implica, si Pitágoras no engaña, dos butacas de cada tres vendidas. Y así, dilecto Marqués e ínclito redactor (sí, ese que ustedes están pensando, el inevitable Darío Prieto, qué cruz), es imposible asegurar distancias. De forma que, en efecto, el potencial espectador que vaya solo tendrá que elegir: o acepta un desconocido a su lado o elige que le devuelvan el dinero, esa opción que no era posible antes de la protesta y que ahora, qué cosas, sí lo es. Ah, por cierto, el servil entrevistador también da al aristócrata mandamás la oportunidad de que insinúe que la protesta estaba orquestada. No sé si estaba orquestada o no (aunque, tal como se gestó, lo dudo), pero conviene no olvidar que fue merecidísima.

Con curiosa coincidencia, El Cultural publicaba justo el día anterior, otra entrevista, esta vez con el director artístico, Joan Matabosch (https://elcultural.com/joan-matabosch-el-real-no-acepta-rebajas-sino-soluciones-creativas). Entre otras cosas, dice Matabosch lo siguiente: “Uno de los médicos que asistió a La traviata en julio comentó al grupo de amigos que lo acompañaba: ‘Si queréis sentiros seguros en Madrid, lo mejor que podéis hacer es ir al Teatro Real’. Que nadie dude en sacar su entrada para este Ballo in maschera que quiere ser un paso más en esa conquista y que cuenta con Nicola Luisotti y con un reparto colosal, ni para la inminente Rusalka de Loy, que probablemente será uno de los mejores espectáculos que se habrán estrenado a lo largo del año a nivel internacional”. Así que metieron una vez la pata, y porfían en la metedura. Mencionar lo seguro que se podía sentir un espectador en la Traviata, con el 50% del aforo, y extrapolarlo a la situación de Un ballo in maschera, con el 65% es, lo siento, un intento de atraer a los espectadores basado en el engaño, porque se les vende un parámetro de seguridad al que se la ha caído la más importante de las patas, la distancia. Luego vienen las protestas, el llanto y el crujir de dientes, y el victimismo y todo lo que ustedes quieran. Pero ellos se lo buscan.

Unos días después, se reanudó el ciclo de Grandes Intérpretes de la Fundación Scherzo. Y yo asistí, tras chequear (igual que hice en el Real) cómo iba a ser el plan de asignación de localidades. Pueden encontrar mi reseña del concierto aquí, y verán que las cosas se organizaron como es debido, con cabeza y buen trabajo (https://scherzo.es/madrid-de-nuevo-a-la-vida/).

Y por ahí fuera, nos cuenta Lebrecht que una fuente de esas bien informadas le comunica desde San Petersburgo que 74 de los 140 miembros del coro del Mariinski y más de 30 miembros de su orquesta son positivos para Covid 19. Pero siguen tocando porque lo ha dicho Gergiev, y cualquiera le lleva la contraria. Hay algunos lugares muy fríos en Siberia… Eso sí, a este paso Rusia va a alcanzar la inmunidad grupal en un decir Jesús.  (https://slippedisc.com/2020/10/exclusive-more-than-half-of-valery-gergievs-chorus-have-caught-covid-19/). Mientras tanto, Netrebko ya ha salido del hospital y se dispone a cantar de nuevo…

La última, de ahora mismo, es que Trump y su mujer se han contagiado…. en el avión presidencial, que debería ser el paradigma mundial de seguridad en las aeronaves. No me dirán que no tiene gracia la cosa.

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2 thoughts on “No creo lo que vidi

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