Rafael Ortega Basagoiti

¿De primera división? ¿En serio?

En los dos últimos meses hemos asistido a un despliegue aparatoso de la maquinaria de marketing del Teatro Real, cuyo departamento de comunicación es exactamente eso: una enorme maquinaria de marketing cuyo objetivo es vender permanentemente las supuestas bondades de la gestión que lidera el Marqués de Marañón, Grande de España, nieto del ilustre galeno y poderoso presidente del consejo de administración de varias empresas potentísimas, desde Roche a (esta es gorda) Universal Music, pasando por sus conexiones con el grupo PRISA. Marañón ha defendido la ahora (afortunadamente) suspendida fusión del Teatro Real con el de la Zarzuela con débiles argumentos de eficiencia pero prometiendo que los trabajadores de la Zarzuela no se verían afectados y que la fusión mantendría el carácter público de la entidad. Un documento interno del Ministerio de Cultura visible en las redes sociales (https://www.facebook.com/Plataforma-por-el-Teatro-de-la-Zarzuela-1028616590621837/) dejó sin embargo en evidencia a Marañón, porque en el mismo se habla de Optimización de la plantilla y gastos de personal derivados. A cualquiera que tenga la costumbre de manejarse en lenguaje empresarial esto le suena familiar: Recortes de plantilla. Y respecto al carácter público del asunto, a ver cómo les suena esto: “Diversificación de las fuentes de ingresos y reducción progresiva del porcentaje de participación en su estructura de las aportaciones/subvenciones públicas”. Se dice en el documento que el 75% del presupuesto del Real se autofinancia (en su mayor parte por la venta de abonos, lo que no sorprende teniendo en cuenta los precios), mientras el 95% del presupuesto del Teatro de la Zarzuela procede del presupuesto del INAEM (es decir, dinero público). Si hay que “reducir progresivamente el porcentaje de participación de aportaciones públicas”, ya me explicarán ustedes como se hace esto compatible con el carácter público del asunto.

Viene este preámbulo a cuento porque el marqués y su aparato de propaganda defienden que el Real es un coliseo que se codea con los primeros de Europa. Pero a quien esto suscribe le parece que la propaganda se estrella de bruces con la realidad. El nivel del Real no es, ni de lejos, el de los primeros coliseos operísticos de Europa, léase Scala de Milán, Staatsoper de Viena, Staatsoper de Berlín, Ópera de París, Covent Garden o hasta el Teatro de la Moneda de Bruselas. Y si para muestra vale un botón (aunque por botones, podríamos poner una mercería), valga la Lucia di Lammermoor que ha cerrado la presente temporada. Porque si es bien cierto que mexicano Javier Camarena fue un Edgardo estupendo, de bonita voz, impecablemente manejada y matizada, seguro en lo dramático y cuidado en lo lírico, no lo es menos que la soprano norteamericana Lisette Oropesa, de voz bonita pero pequeña, amplia tesitura pero menos que justa en el manejo de la coloratura (algo que sorprendentemente han pasado por alto cuantos se han deshecho en elogios a su labor) ofreció una Lucia que, si resultó convincente en lo dramático (lo que le permitió la feísima producción, por otra parte), lo fue mucho menos en el vocal, que no pasó de lo correcto. Mientras cantantes de primerísima fila como Joyce DiDonato han sido en buena medida desperdiciadas al servicio de partituras discretas como Dead Man Walking, aquí se echó en falta, yo al menos, una Diana Damrau o similar. Otro que ha sido también elogiado ha sido el director musical, Daniel Oren, aunque de nuevo al firmante su labor le resultó por entero olvidable ya desde el preludio. Imprecisa en el gesto y tosca en el carácter, con el resultado de notables emborronamientos rítmicos (perfectamente explicables por lo confuso de su gesto) y con algún desajuste foso-escena que demostró que tampoco triunfó como gran concertador. Irritante su manía de concluir muchos números y finales con un no prescrito arrebato del timbal de esos que parecen avisar al público “ahora se acaba”. Nivel que no es nada sorprendente por demás, porque orquesta y dirección musical parecen preocupar poco a Marañón, cuyo aparato de propaganda insiste en promocionar (escuchen las cuñas publicitarias para la próxima temporada) títulos (sin los estrenos que nos incluye en cada temporada, claro, no vaya a ser que el personal se dé cuenta de que en el abono hay tres o cuatro títulos de los de aquí te espero), compositores (ídem)… y directores de escena, sin que ni un solo director de orquesta ni cantante merezca la atención de la publicidad. Significativo. Y hablando de escena, la dirección de David Alden (este sí que merece los honores de la publicidad) se instaló en las estupideces y boutades propias de nuestros días. Decorados cutres, acciones ridículas (el coro haciendo volar legajos de papel en el primer acto, sabe Dios con qué propósito, como si fueran parientes cercanos desbocados del cobrador del frac, el baile de cuelgo foto-quito foto, la cuna donde se acostaba Lucía (porque aquello era una cuna grande, no una cama), que, en efecto, terminaba pareciendo una colegiala… para culminar en el patetismo de Enrico jugando -sí, les juro que no me equivoco- con un camioncito de juguete…) y, sobre todo, sin sentido alguno. Mientras esto ocurría en Madrid, en el Covent Garden se ofrecía Lohengrin, dirigida por Andris Nelsons (uno de los mejores directores de la actualidad) y con un reparto de primerísima. Y en Munich, Parsifal, también con un reparto de primera y con Petrenko, nuevo titular de la Filarmónica de Berlín, al frente. En estas condiciones, por mucho que se insista en que este Teatro Real “privado” con butacas en el estreno que tienen precios como poco equivalentes a los de muchos teatros de los citados (la butaca en la Staatsoper de Viena para la Carmen en la producción de Zefirelli se llama, según he podido comprobar, algo más de 200 euros; la butaca del abono en la primera función del Real está cerca de los 400), es “de primera división”, no parece que los hechos se correspondan con tan triunfalista afirmación, más allá de galardones a estrenos mundiales o a las producciones brittenianas que tan de moda han puesto Marañon y su equipo. ¿De Primera división? ¿En serio?

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