Rafael Ortega Basagoiti

Lección de canto, lección de arte

No podía empezar mejor el XXV Ciclo de Lied , hijo brillantísimo y predilecto de Antonio Moral, que con el impresionante concierto que nos regalaron ayer Christian Gerhaher y su extraordinario acompañante Gerold Huber.

Hubiera sido difícil una mejor despedida para Antonio en su faceta de director del CNDM (de este ciclo de Lied no se despide y se seguirá ocupando, gracias a Dios). En el núcleo del programa, el último de los grandes ciclos de canciones de Schubert, el Canto del Cisne. Música en la que Schubert luce desde el aparentemente inagotable talento para la melodía hasta la pasmosa capacidad para fundir su música con las palabras de los poemas de, en este caso, Rellstab, Heine y Seidl. Antes, cinco canciones sobre poemas de Rückert, desde el lírico pero sensual Sei mir gegrüsst, sei mir geküsst” (“Te saludo, te beso”) hasta el delicado, casi místico como bien señala Arturo Reverter en sus notas, “Du bist die Ruh” (“Tu eres el reposo”). El magnífico barítono alemán Gerhaher, que fusiona a las mil maravillas con el piano de Huber (su acompañante desde los tiempos en que ambos estudiaban), evidenció desde el principio un arte exquisito. Ayuda sin duda un color de voz cálido y lírico, más cerca de un timbre, si se me permite la expresión, tenoril. Sus graves no carecen de cuerpo y se oscurecen adecuadamente, pero en el registro medio-agudo el color (y su sensible, cuidadísima, y variadísima manera de manejar la dinámica y las inflexiones) recuerda, si uno cierra los ojos, al de su maestro, el inolvidable Fischer-Dieskau. Gerhaher aprovecha su amplio abanico de matiz y color para construir una interpretación que le lleva a uno como en un viaje caleidoscópico, donde todo, desde la contundencia hasta el susurro apenas perceptible, se hace realidad. Huber, por su parte, se maneja con paralela sensibilidad. Y, sí, este concierto demuestra que las conexiones con el público (que llenaba la sala, por cierto, demostración de que cuando se pone un repertorio atractivo, por transitado que esté, con un artista de garantías… la gente acude), son posibles. Había que ver con qué silencio se contenía la respiración para poder admirar cada recoveco expresivo de los múltiples que obsequió el formidable Gerhaher. La cosa fue a más, hasta que, como en el final del Winterreise que hace poco nos regaló ese otro barítono admirable (y tan distinto) que es Matthias Goerne, llega una canción que literalmente nos apabulla. La despedida del Viaje de Invierno hace imposible cantar nada después. Tras esa despedida solo queda… el silencio. Quizá debería ocurrir lo mismo aquí, porque ¿qué se puede cantar tras la demoledora, ominosa, angustiada música de Der Doppelgänger (“El doble”)?. Mi impresión es que tanto para artista como para audiencia, el esfuerzo es complicado. Al punto que a veces, como señala Reverter, se ha modificado el orden del ciclo para situar esa canción al final, tras el que solo cabe el silencio. Pero lo cierto es que originalmente (y así lo hace Fischer-Dieskau en su grabación) la última canción es Die Taubenpost (“El correo de palomas”), única sobre un poema de Seidl, y tiene un carácter bien diferente, con un lirismo teñido de nostalgia pero alejado de las sombras. Gerhaher optó por respetar el orden original, aunque ello implique que él mismo tenga que cambiar su registro expresivo y el oyente tenga que cambiar su predisposición anímica para pasar, en segundos, de la oscura opresión del tormento a la más abierta esperanza. Impresionante concierto, no se puede calificar de otra manera. Uno no deja de sorprenderse de lo que era capaz el muchacho Schubert en su último año de vida.

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