Rafael Ortega Basagoiti

Va a ser leche…

El siempre controvertido pero habitualmente muy bien informado Norman Lebrecht publicó hace algo más de un año un encendido artículo en The Spectator (https://www.spectator.co.uk/2018/06/you-vote-for-my-pupil-ill-vote-for-yours-the-truth-about-music-competitions/) que ha pasado relativamente inadvertido (excepto quizá en círculos profesionales) aunque quizá podría haber causado más impacto, dado que se adentra en las turbulentas aguas de las competiciones musicales. El título del artículo lo dice todo: Tu votas por mi alumno, yo voto por el tuyo – La verdad sobre los concursos de música. Lebrecht empieza relatando la que para él fue la sorprendente victoria del joven coreano Sae Yoon Chon (22 años) en Dublín. Como él mismo señala, no es que la victoria de un oriental vaya a ser una sorpresa a estas alturas. Les recuerdo lo que comentaba hace poco en este blog sobre los treinta millones de pianistas que hay en China según declaraba el director de orquesta Ben Zander. Se ve, simplemente, que lo que el coreano había ofrecido en el concurso irlandés no había deslumbrado precisamente al crítico británico. Pero lo que le hizo levantar las cejas, con razón, fue otra cosa. Fue que el coreano en cuestión era… alumno del presidente del jurado. Lebrecht entra entonces a saco con algunos concursos. Salva algunos, como el de la BBC, el Chopin de Varsovia o el Chaikowski en Moscú. No hay mención del Reina Elisabeth en Bruselas, al que tengo por bastante prestigioso. Pero luego, Lebrecht saca a relucir a Zakhar Bron, reconocido profesor de violín, maestro en su día de Repin y Vengerov, y más tarde profesor del instrumento en la Escuela Reina Sofía. Es un excelente maestro, sin duda, y también frecuente jurado en concursos internacionales. Lebrecht señala que sus alumnos han ganado recientemente premios en el Concurso Isaac Stern de Shanghai, el Monaco Music Masters y el de Jóvenes Intérpretes de Bulgaria. O sea, aquello de si estudias con Bron, vas para campeón. Peor pinta la cosa en el concurso que ha organizado él mismo en memoria de su propio profesor Boris Goldstein, donde según Lebrecht cinco de los seis premios han recaído en alumnos de Bron. Verde y con asas, suele ser cacerola. Blanco y en botella, suele ser leche. Pueden ser otras cosas, sin ir más lejos, Emuliquen laxante, pero lo habitual, salvo para estreñimientos recalcitrantes, es que sea leche. No es de extrañar que el británico declare después que, habiendo visto el jurado del concurso de Dublín, un joven pianista le comentara que renunciaba a participar porque “muchos miembros del jurado tenían un caballo inscrito en la carrera”. Los hechos le dieron la razón: siete de los 12 semifinalistas eran alumnos de algún jurado, y dos de los cuatro finalistas, también. Ya se habló del ganador. Pleno al 15 oye. Me sorprende, aunque igual no debería, el matrimonio cínico que la golfería campante, esa que habitualmente se rasga las vestiduras en encendido ejercicio de puritanismo ético (y del otro), tiene con los conflictos de interés y la falta de transparencia. El asunto clama al cielo, porque no se compadece tan apasionada defensa de ética y transparencia con el lodazal que demasiado a menudo encontramos bajo la alfombra. El asunto de los conflictos de interés y la falta de transparencia tiene remedio, o al menos admite medidas que minimicen el riesgo. No es que haya espacio para la mejora. Es que el espacio en cuestión es como varios campos de fútbol. Y no hablo de medidas casi cómicas, como las mencionadas hace poco desde estas líneas para la concesión de subvenciones en las que un vocal implicado en una de ellas se ausenta temporalmente de la reunión en que se valoran las mismas para no influir, como si quienes se quedan en la reunión fueran a adquirir por intervención divina total independencia e inmunidad por esa ausencia temporal, cuando igual ellos mismos han de ausentarse a continuación para que su propia subvención dependa de la opinión del ausente anterior, que ahora se hace oportunamente presente. Arrieros somos, y en la subvención nos encontramos, maestro. Lebrecht menciona el caso del concurso Chopin, en cuyo jurado solo participan ahora ganadores de anteriores ediciones (aunque, modestamente, juntar a Argerich con Yundi Li me da dolor de estómago, por mucho que, según parece, hubieran elegido a los mismos candidatos), la prohibición de que profesores en activo participen en el jurado del certamen de Leeds, o la atrevida decisión de Gergiev de hacer públicas las puntuaciones de cada jurado en el concurso Chaikowski, con lo que el personal se guarda muy mucho a la hora de puntuar, no vaya a ser que se les vea más el plumero que a Toro Sentado. Esto mismo aplica al caso de las oposiciones (recuerden el huracán veraniego que hemos tenido) y las audiciones de las orquestas, donde también, en más de una ocasión, ocurren cosas sospechosas, desde rechazos de curriculum difíciles de entender (sobre todo en función de otros admitidos) hasta enjuagues con alumnos como los relatados para los concursos, o la admisión de instrumentistas que, casualmente, resultan ser familiares directos de algún relevante miembro de la orquesta en cuestión, por no mencionar el éxito rotundo de Desierto, ya comentado repetidamente desde estas líneas y al que, según parece, le sobra hasta estudiar con Bron. El biombo para el anonimato, que habitualmente solo se emplea en la primera ronda, no siempre sirve y desde luego no del todo. Pero no se por qué me barrunto que la cacerola va a seguir ahí, y que lo blanco en botella, va a ser leche. Aunque a quienes organizan estos enredos ya les daba yo una buena dosis de lo otro.

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