Rafael Ortega Basagoiti

¿Duelo provisional por la normalidad?

Europa se encamina a pasos acelerados hacia la nueva normalidad. Esto de la nueva normalidad es, como tantos términos en nuestros días, un condenado eufemismo. Y lo es por una buena razón: la nueva normalidad empieza por no ser normal en los términos en los que estamos acostumbrados a pensar. Para muchos, el que firma incluido, lo normal era lo de hace unos meses. Pero andar con mascarilla por la vida, midiendo la distancia del prójimo, evitando abrazos y manifestaciones de efusión con tus seres queridos, especialmente si no viven contigo (como es mi caso, por ejemplo), huyendo de cualquier aglomeración y más si es en un sitio cerrado (lo que implica nada de conciertos, ni óperas, ni teatros, ni cines, ni restaurantes abarrotaditos), pasarse el día desinfectante en mano, mirar con un reojo preventivo los viajes en transporte colectivo y todo un largo etcétera, no es lo que se dice normal.

Pero los maestros del eufemismo nos encasquetan el término de “nueva normalidad” porque saben que, por desgracia, esto que en realidad es una “anormalidad” nos habrá de acompañar un tiempo que no se anticipa corto. Para ser más exactos, hasta que pueda confirmarse que la amenaza del virus, por la existencia de una vacuna o un tratamiento eficaz, o por su propia pérdida de virulencia y agresividad, ha sido superada.

En estos momentos, me temo, estamos aún muy lejos de ello, pese a los optimistas recalcitrantes que consideran que las medidas existentes de higiene son una exageración histérica, o los terraplanistas enloquecidos que sostienen, como cierto cantante bien conocido, que esto es una “broma de los gobiernos”. Lo he dicho por activa y por pasiva en bastantes ocasiones, aunque según progresan los acontecimientos, me temo que sin mucho éxito: todos queremos volver a la normalidad “de antes”. Pero como eso simplemente no es posible sin correr un riesgo altísimo de otra debacle como la que hemos vivido en los últimos meses, hay que adaptarse a la situación. Y adaptarse a la situación incluye algunos pasos que deberían ser sencillos de entender, aunque los hechos demuestran que igual para algunos son más difíciles de asimilar de lo que uno podría pensar.

La cuestión se resume en: recuperemos lo que podamos de la normalidad añorada y aceptemos que lo que no podamos, debe ser adaptado o aplazado. A eso añadiría desarrollar, entretanto, tal vez nuevas formas de afrontar lo que ahora mismo es simplemente cancelar o posponer. Más allá de las pérdidas personales que algunos de nosotros hayamos sufrido hasta ahora en esta tragedia, y del duelo quebrado y por completo anómalo que estamos viviendo, uno tiene la impresión de que la humanidad está viviendo otro duelo: el de la pérdida de la normalidad. Ese duelo, como todos los duelos, tiene fases, miren por donde, como la desescalada. La progresiva cumplimentación de dichas fases (negación, ira, negociación, depresión y aceptación), en su debido orden, es algo que los psicólogos, con razón, defienden como absolutamente necesario. De lo contrario, el duelo se prolongará indefinidamente de manera anormal.

Es algo notorio que cuando se sufre una pérdida, la primera reacción es la de negar que esa pérdida haya ocurrido, uno se niega a aceptar la pérdida. Y justamente eso es lo que creo que ocurre a mucha gente con esta situación de “anormalidad”. En su negativa a aceptar que la normalidad conocida se ha perdido y tardará bastante tiempo en volver, están defendiendo una recuperación de dicha normalidad con tan desesperada ansiedad como ciego rechazo de lo que es evidente: si nos empeñamos en actuar, en apenas unas semanas, como si aquí no hubiera pasado nada, lo más probable, es que nuestro amigo, el SARS-Cov-2, vuelva a enseñarnos los dientes. Es como un planteamiento equivocado de inicio para “justificar” esa negación: negamos que haya peligro, luego podemos perfectamente recuperar la normalidad perdida, y así no hay duelo que valga.

En el mundo de la música estamos viviendo situaciones muy curiosas: algunos deciden posponer, cancelar o reiniciar con formatos muy reducidos y con aforos muy limitados. Otros reinician a todo tren, con aforos considerables (50%) y sin evitar incluso actividad cantada. Unos recomiendan distancias considerables. Otros, no tanto. Otros (como inmediatamente veremos), que ninguna; Santiago y cierra España, oiga. Otros, en fin, defienden (no sin fuertes críticas a las que, francamente, no les encuentro sentido) que hay que ir con prudencia y aprovechar formatos que permitan, a intérpretes y público, ofrecer y presenciar, respectivamente, espectáculos con las mayores garantías de seguridad, como ocurre con el streaming de pago, alternativa que, personalmente, creo que debería contemplarse incluso como opción adicional para aquellos que, en un comprensible ejercicio de cautela, deseen presenciar un evento que esté teniendo lugar en público pero no estén dispuestos a correr determinados riesgos para su salud.

Hace unas semanas, la Filarmónica de Viena anunciaba a bombo y platillo un “estudio”, que hoy sigue sin ser hecho público en ningún medio científico reconocido, que venía a decir que podían tocar como siempre, sin distancias ni nada. Esta semana lo han hecho, y han sometido a todos los músicos al famoso test, concluyendo que ninguno estaba infectado. No sabemos cuánto tiempo pasó desde la prueba, ni si les tuvieron concentrados como a los futbolistas, en un hotel, hasta el concierto, celebrado ayer. Pero, como he señalado en otras ocasiones, un test realizado, por ejemplo, el miércoles, con los músicos haciendo su vida normal hasta el viernes, es perfectamente inútil, porque del miércoles al viernes pueden haber tenido contacto con infectados asintomáticos, con lo que el valor resultante del test sería cero.

Pongo este ejemplo como uno más de que las cosas se están manejando a menudo con una ligereza alarmante. Hay incluso quien critica las medidas por demasiado severa pero luego declara que no va a ir a las salas de concierto o representaciones de ópera en varios meses como poco. Dicen que el oso hormiguero no tenía tanto morro. Pues eso.

Y al final ¿qué? Dirán ustedes. Pues creo que en esa fase de negación en la que se encuentran los empeñados en la urgente vuelta a la normalidad de antes, caiga quien caiga, hace falta pedagogía. Mucha pedagogía. Hace falta saber por lo que han pasado algunos que han estado a punto de no contarlo, como el Dr. Moreno, Jefe de Infecciosas del Ramón y Cajal, cuyo espeluznante diario puede leerse aquí (https://elpais.com/elpais/2020/06/03/eps/1591176610_393962.html). Hace falta saber lo que algunos (bastantes, porque este que adjunto no es el único que anticipa algo así) anticipan que podría muy bien pasar (https://www.abc.es/ciencia/abci-habra-segunda-oleada-coronavirus-202006060200_noticia.html).

No hay que perder de vista que podrían existir razones para el optimismo (https://www.elmundo.es/ciencia-y-salud/salud/2020/06/05/5eda4de4fdddfff49f8b4651.html), pero creo que ahora mismo es pronto aún para decir alegremente que el virus ha perdido fuerza. Tenemos que ver las publicaciones científicas y esas aún no están. Y, sobre todo, conviene recordar que el optimismo no está reñido con la prudencia. La editora del British Medical Journal, Fiona Godlee, firma un artículo que habla de buenas noticias pero cuyo título se explica solo: “es demasiado pronto para levantar el confinamiento” (https://www.bmj.com/content/bmj/369/bmj.m2202.full.pdf). Incluso sin llegar tan lejos, podemos levantarlo, pero con prudencia, no yendo por la vida como aquel que decía eso de “soy Fittipaldi, no hay quien me pare”. Más que nada porque la cosa luego termina con varias fracturas en el hospital, y eso si hay suerte y lo cuenta.

Y para que vean que hay que ser prudente, un ejemplo. Recordarán el entusiasmo inicial con la hidroxicloroquina, pese a los notorios (y graves) efectos adversos bien conocidos. Recordarán también que el Lancet publicó un registro retrospectivo que indicaba que el medicamento en cuestión podía matar más que curar en el tratamiento del Covid-19. Tal vez recuerden que hace pocos días la revista se retractó porque no pudieron comprobar la veracidad de los datos del estudio, con lo que el entusiasmo por el medicamento renació.

Pues bien, hoy se ha hecho pública la decisión de interrumpir el brazo de tratamiento con hidroxicloroquina en el estudio RECOVERY, ante la ausencia de beneficio alguno en el tratamiento de pacientes hospitalizados por Covid-19 (https://www.recoverytrial.net/news/statement-from-the-chief-investigators-of-the-randomised-evaluation-of-covid-19-therapy-recovery-trial-on-hydroxychloroquine-5-june-2020-no-clinical-benefit-from-use-of-hydroxychloroquine-in-hospitalised-patients-with-covid-19).

De verdad ¿es tan difícil aceptar que durante un tiempo la prudencia obliga a adaptarse a esta “anormalidad” de las distancias, las mascarillas y los aforos limitados? ¿Es tanta la ansiedad que estamos dispuestos a asumir riesgos de muchas enfermedades graves y muertes por lanzarnos a la piscina sin mirar si hay agua? ¿no podemos, simplemente, superar esta fase de negación del duelo por la normalidad y pasar a la siguiente, y luego a la siguiente, hasta que aceptemos que, durante un tiempo, debemos vivir en esa anormalidad? Quizá deberíamos reflexionar más sobre el particular, creo. Tal vez un duelo provisional por la normalidad sea algo juicioso

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3 thoughts on “¿Duelo provisional por la normalidad?

  1. Hola Rafael, en Alicante se abrió el plazo de renovación de abonos para temporada sinfónica del auditorio ADDA, que empieza a partir de noviembre. Aunque después se ofertan entradas libres, acceder a un nuevo abono es muy difícil, por lo que ante la duda y para mantener mi asiento renovaré el abono.Llegado el momento, si no hay concierto devolverán el dinero, pero es la única estrategia para mantener un asiento como abonado . No sé qué harías si tuvieras la misma situación. Por facebook te mandaré la programación para que la veas, modesta pero es que llevamos pocos años con el nuevo auditorio. Pero….dudo mucho que la normalidad vuelva en noviembre, lo dudo mucho.Saludos desde Alicante ( no te hablo de cómo está la situación en playas, para tirarse de los pelos).

    1. Hola Tomás, pues yo estoy un poco como tú. De entrada, no sé qué hacer con el abono del Real. La verdad, se han lanzado como locos a poner en escena La Traviata en Julio… pero lo cierto es que a mí me sigue dando miedo el contagio en ambientes cerrados. Mira este artículo de El País de hoy que acabo de comentar también en Facebook… es como para tenerlo en cuenta: https://elpais.com/ciencia/2020-06-06/radiografia-de-tres-brotes-asi-se-contagiaron-y-asi-podemos-evitarlo.html. Yo, de momento, voy a evitar los eventos en espacios cerrados hasta despúes del verano, y entonces ya veremos. Pero como tu, creo que la normalidad no volverá en noviembre. Tardará más. Entre otras cosas porque lo que es probable que venga en noviembre es el virus con fuerzas renovadas. Y sí, me imagino lo de las playas. Yo solía en agosto hacer una excursión andaluza de golf, pero me temo que este año voy a quedarme a jugar por aquí. El problema es la cantidad de negacionistas que hay. Todos los días me encuentro chalados que dicen que «esto ya se ha acabado» o que «ya está bien, hay que volver donde estábamos antes» o, peor aún «no conozco a nadie al que se le haya muerto alguien», que ya es hasta ofensivo. Saludos

  2. Como siempre clarividente. Ni siquiera la musica justifica la ausencia de prudencia obligada por la anormalidad (que no nueva normalidad) que va a ser duradera, con indpendencia de las fases. Los virus RNA no sienten, saben o aprecian la musica. Un abrazo Rafa.

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