Rafael Ortega Basagoiti

Campana que no vuela, ilusión que se la pega

El pasado 22 de Julio me referí desde mi muro de facebook a un nuevo estudio que se estaba llevando a cabo en el Reino Unido respecto a la emisión de aerosoles por parte de cantantes e instrumentistas de viento. Comenté entonces que el empeño parecía serio y que sus resultados se esperaban en semanas y, menos mal, en una publicación científica. Por desgracia, lo que ha aparecido es un “pre-print”, es decir, un manuscrito científico pero que no ha sido aún aprobado, tras su revisión por pares, por una revista científica contrastada. Con todo, siempre es mejor eso que una noticia en un periódico, como por otra parte tendrán ocasión de comprobar al final de este artículo.

El manuscrito de este estudio, firmado por Gregson et al, puede encontrarse aquí:  https://chemrxiv.org/articles/preprint/Comparing_the_Respirable_Aerosol_Concentrations_and_Particle_Size_Distributions_Generated_by_Singing_Speaking_and_Breathing/12789221

El estudio tiene varias ventajas: es multidisciplinar (expertos en neumología, otorrino, bioingeniería, tecnología y química), está realizado en condiciones ideales (un quirófano con flujo laminar para evitar interferencia de otros aerosoles que los generados por los sujetos del experimento) y ha examinado distintas intensidades (en decibelios) de generación de aerosoles, por canto y por habla. También se han analizado los generados por instrumentos de viento, pero esos resultados aún no están disponibles.

También tiene limitaciones, por supuesto. La primera es en realidad la misma que una de las ventajas: las condiciones ideales (el quirófano con flujo laminar) no son las reales de una sala de conciertos, por lo que la medida de lo ocurrido en el estudio orienta más que asegura respecto a lo que puede ocurrir en una sala. La segunda, como comenta un profesor de Leicester que cito al final, es que el experimento no valora el escenario de un coro, sino el del canto individual.

Dicho esto, como todos los estudios, este aclara (en realidad confirma) algunas cosas, la mayor parte de sentido común (aunque había que confirmarlas) y deja en el aire bastantes. Es importante la conclusión de que “Respirar genera partículas de menor tamaño que el habla y el canto, lo que sugiere que la vocalización podría conllevar mayor riesgo que la respiración si la dosis potencial de SARS-Cov-2 expelida por un individuo infectado es mayor cuanto mayor es el tamaño de las partículas expelidas.”

En los volúmenes más bajos (el susurro) ni el canto ni el habla fueron significativamente diferentes de la respiración en cuanto a generación de aerosoles. En el volumen más alto (90-100 dB) hubo una diferencia significativa entre el canto y el habla. El estudio concluye que “las guías deberían hacer recomendaciones basadas en el volumen y duración de la vocalización, el número de participantes y el ambiente en el que se desarrolla la actividad, más que en el tipo de vocalización. Cuando sea posible, deben llevarse a cabo acciones mitigadoras como el uso de la amplificación o la mayor atención a la ventilación.”

Surge un punto de duda en tanto en cuanto el estudio reconoce que “una minoría de participantes emitió sustancialmente más aerosoles que otros”, sobre todo de cara a la actividad coral, donde podrían mezclarse “altos” y “bajos” emisores de aerosoles, con consecuencias potencialmente serias en cuanto a contagio.

El resumen, como cabía esperar, es que las recomendaciones deben dirigirse al volumen al que se realiza la actividad, el número de participantes, el ambiente (ventilación) en que se lleva a cabo y la duración del ensayo y periodo durante el cual los intérpretes están vocalizando. Esperamos ahora que nos lleguen los resultados referidos a los instrumentistas de viento.

Resulta sin embargo algo irritante (aparte de generador de confusión y, una vez más, de posibles falsas expectativas, como si no hubiéramos tenido bastante de esto) la manera en la que los medios generalistas británicos y algún medio musical especializado, como el de Lebrecht, se refieren a este estudio, sin proporcionar, por cierto, el enlace a la publicación. Según el provocador crítico británico “científicos del Reino Unido dicen que cantar no es más arriesgado que pedir una bebida” (https://slippedisc.com/2020/08/breakthough-as-uk-scientists-say-singing-is-no-riskier-than-ordering-a-drink/).

Pero como cualquiera que lea el manuscrito del estudio puede comprobar, el estudio no dice eso ni por asomo. Ni creo que sus autores se sintieran satisfechos con tal interpretación. Pese a lo cual, la noticia de Lebrecht tendrá una repercusión mucho mayor que el artículo original y por supuesto que el presente escrito, que, entre otras cosas, no levanta expectativas.

Algo más equilibrada resulta la lectura de la BBC (https://www.bbc.com/news/health-53853961), que incluye comentarios prudentes como el del Dr. Julian Tang, profesor asociado honorario de aparato respiratorio en la Universidad de Leicester, que declara que el estudio “es bonito pero no exactamente representativo de la dinámica real de un coro completo, asunto que requiere otro estudio para una verdadera valoración del riesgo que supone un volumen tan importante de vocalizaciones/exhalaciones producto del canto sincronizado. No deben infraestimarse los riesgos porque no queremos que los miembros de un coro se infecten y potencialmente lleguen a morir por Covid-19 mientras desarrollan la actividad que aman”.

En este contexto, lo de igualar el canto a pedir una bebida tal vez resulta un poco frívolo. Por mucho que alguno se empeñe, las campanas, de momento, no vuelan. Y ya se sabe, campana que no vuela, ilusión que se la pega. Y eso, como bien sabemos, no se vende bien.

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