Rafael Ortega Basagoiti

El Real 2019-20: Aire, Oropel… y nada.

Tenía yo en el colegio un profesor de historia estupendo pero muy dado a las muletillas. Si algún compañero de colegio lee esto seguro que se acuerda de ello. Había cachondeo con las muletillas, que el hombre era capaz de repetir hasta un centenar de veces en una clase, para rechifla del personal, porque ya sabemos que los alumnos adolescentes son una verdadera banda terrorista en potencia. Había muchas muletillas tremendas. La más común era poner “Desde luego verdad” algo que en si mismo no quiere decir nada, pero que el profesor ponía delante de cualquier frase, cada dos por tres.

Una vez, para llamar la atención, dio un golpe en la mesa con un cartapacio de cartón duro, sin percatarse que bajo el cartapacio había dejado las gafas de cerca. Sonó “crac” y a continuación, levantando levemente el cartapacio, dijo con tranquila resignación: “Desde luego verdad me acabo de cargar las gafas”, lo que fue acogido con una enorme carcajada por los cuarenta terroristas en potencia que allí nos encontrábamos. Pero esta sonriente digresión viene al caso porque otra muletilla, para referirse a esas cosas superficiales, sin contenido, era una sentencia que, en lugar del recurso habitual para describir el hecho o situación, que podría ir desde denominarlo “soso” hasta “fachada”, utilizaba una expresión mucho más teatral y poética, sin perder contundencia. No cabe duda de que queda uno mucho mejor diciendo, en tal coyuntura: “aire, oropel… y nada”. Queda quien oye tal cosa patidifuso, estupefacto, perplejo, sin capacidad de reacción. Lo que sea que ha merecido tan rotunda sentencia ha quedado hundido sin remedio. Completamente despachurrado. Y miren por donde me he acordado yo de mi profesor de historia al repasar la nueva temporada del Real, cuyo diseño es, qué sorpresa, calcado al de las anteriores. La componen doce títulos, de los que seis se pueden considerar de repertorio (Don Carlos, El Pirata, El Elixir de amor, La Flauta Mágica, La traviata y La Valquiria), un par de ellos son rarezas (especialmente el Achile in Sciro de Francesco Corselli (1705-1778), pero también Iris, de Mascagni, que viene por vez primera al Real, aunque en versión de concierto). El resto, además de contemporáneos, son novedad en Madrid, como Into the Little Hill, de George Benjamin (estrenada en París en 2006), Three Tales, de Steve Reich (estrenada en 2012), Lear, de Aribert Reimann (estrenada en 1978) o La pasajera, de Mieczyslaw Weinberg, estrenada en 2006. Como viene siendo costumbre, por mucho que digan los mandamases del Real, los repartos no abundan en los mejores nombres del firmamento operístico (luego les daré algunas muestras de otros teatros que seguramente ellos consideran de segunda) ni en las mejores batutas, porque ya sabemos que, como en el anuncio aquel de Philips, para el Real, “mejores no hay” que los que utilizan ellos. O sea que lo que tenemos es el inevitable Luisotti (Don Carlos, salvo dos funciones a cargo de Diego Rodríguez, y La Traviata, repartida con Henrik Nanasi), Evelino Pido (Iris), Montanari (El Elixir de amor), Benini (El Pirata), el “especialista mundial en Mozart”, léase Bolton (La Flauta Mágica, aunque deja una función en manos de Kornilios Michailidis), que ya saben que también es especialista, aunque se ve que no “mundial”, en el barroco, y se marca la ópera precitada de Corselli, y Heras Casado, (La Valquiria, el segundo episodio de la infausta producción de Carsen, más conocida por la tetralogía del vertedero). Tres de las que quizá sean más prometedoras batutas del cartel, Simone Young, el principal director de la ONE, David Afkham, y el joven Nacho de Paz, se encargan de tres de los títulos de nuestros días, Lear (con puesta en escena de Bieito, échense a temblar), La Pasajera y Three Tales, respectivamente. Como Matabosch ha decidido que lo de los grandes nombres es de mitómanos acomplejados (público y críticos), pues ya se imaginan que no los hay tampoco en los repartos. Hay algún fenómeno bastante ridículo: que Camarena, que viene a ofrecer un recital, porque para eso sí que hay grandes nombres, cante una única función (que ni siquiera es la del estreno) del Elixir de amor, parece, como mínimo, raro. Bien es cierto que canta bastantes de El Pirata, pero lo de una sola función de la obra de Donizetti parece un pegote. Entre los nombres más conocidos encontramos a Pertusi o Meli en Don Carlos (donde también está Arteta), Schrott en el Elixir de amor, Yoncheva y el citado Camarena en El Pirata, Mastroni y Peretyatko en La Flauta mágica, y Skelton y Konieczny (Valquiria). Bolton se lleva quizá la palma de los repartos en la rareza de Corselli, donde tendrá a los excelentes Mead y Fagioli junto a Mastroni. Huele a DVD de esos con los que luego el Real presume de premios por doquier con los que Matabosch pretende demostrar que el nivel de excelencia del Real es incontestable. Papeles como la Violetta de la Traviata se repartirán entre Sierra, Oropesa, Bakanova y Kos, siendo los Germont correspondientes Fabiano, Magri, Polenzani y Jordi, con la particularidad de contar con Plácido Domingo asumiendo el papel de Germont padre en algunas funciones. Un lujo la presencia de la gran Ermonela Jaho (inolvidable Butterfly) en la ópera de Mascagni. Personalmente, la hubiera preferido en algún otro título, pero así hace las cosas el Real. Sobre la escena casi tengo miedo de comentar. De Carsen no espero nada bueno en la Valquiria tras el basurero del Rin. De Bieito me espero cualquier extravagancia sin sentido, y el montaje de la Traviata parece basado en el de Decker para Salzburgo que conocemos bien… y que, al menos a quien esto firma, no le convenció nada. Para recitales sí tenemos grandes nombres: Netrebko, Jaroussky y DiDonato, además de Camarena. Eso también es muy ilustrativo: ¿por qué los más grandes están dispuestos a recitales pero no los tenemos en funciones de ópera? Habría que indagar el tema, más allá de la salida de pata de banco de Matabosch que considera que todos los que pensamos en esos nombres somos unos acomplejados. Los precios como viene siendo habitual, son de altos vuelos, de mucho más altos vuelos que lo que se ofrece. El abono de estreno para diez títulos en la zona A sale a 3619 euros, que suben hasta 3800 en la versión premium. El mismo abono en paraíso cuesta la nada despreciable cantidad de 859 euros. Un turno “normal” con ocho títulos sale por algo menos de 600 en paraíso y algo más de 1800 en butaca de patio. Para que tengan unas pinceladas de lo que se ofrece por ahí, les cuento. En Viena (Ópera Estatal), se presentan 58 óperas, con un total de 350 representaciones. Hay repertorio contemporáneo/moderno (El sueño de una noche de verano de Britten, Orlando de Olga Neurwith, Persinette de Albin Fries), pero también repertorio y combinaciones interesantes, como el hecho de que en la misma temporada se ofrezca el Fidelio de Beethoven y también la versión primitiva de la misma, Leonora. Destacables el Ariodante de Handel por Rousset con sus Talents Lyriques, Don Carlos con René Pape, Fabio Sartori, Anja Harteros y Simon Keenlyside, Don Giovanni con Carlos Álvarez y Erwin Schrott, Elektra con Semyon Bychkov en el foso y Waltraud Meier, Falstaff, dirigido al alimón por Daniel Harding y Zubin Mehta, el mencionado Fidelio (con Adam Fischer a la batuta), La mujer sin sombra (Christian Thielemann en la dirección, huele a uno de los grandes momentos de la temporada vienesa), La italiana en Argel (comandada por el incisivo Spinosi), Lohengrin (el siempre interesante Gergiev al mando y Beczala en el rol protagonista), La tetralogía completa por Adam Fischer, o La Flauta mágica (James Conlon en el podio). También hay batutas españolas: García Calvo dirige Nabucco (con Plácido, que a su vez dirige algunas funciones de Traviata) y El barbero de Sevilla, mientras Tebar dirige Don Pasquale y Turandot (con Roberto Alagna). Tampoco tienen mala pinta que digamos la Tosca (Muraveva, Calleja, Bryn Terfel, dirige el competente Armiliato), o el Guillermo Tell de Rossini con Juan Diego Flórez, por no hablar del Così mozartiano dirigido por Muti. Los precios oscilan entre los 16 y los 239 euros por ejemplo para La Mujer sin sombra de Strauss por Thielemann o Lohengrin por Gergiev. Les recuerdo que en ese teatro la orquesta que actúa es la Filarmónica de Viena. Ahora, vuelvan a mirar lo del Real. Si nos vamos a Munich, encontramos unos Meistersinger con Petrenko y Kaufmann, Salomé o Falstaff también con Petrenko o una Turandot con la Netrebko. Aparecen también Damrau en I masnadieri, Harteros y Garança en Don Carlos o Yende y Camarena en la Lucia de Donizetti. Aquí los precios son superiores, y aunque en algún caso la más cara compite muy bien con el Real (163€ por ver la Salomé de Petrenko) en otros la cosa se sube bastante (casi 300 en el caso de Meistersinger). Aún no tengo la información de la siguiente temporada de la Scala, pero en esta, desfilan por su foso, además del titular, Riccardo Chailly, otros como Adam Fischer, Valery Gergiev, Ottavio Dantone, Diego Fasolis o Giovani Antonini. Las entradas de butaca para la Manon Lescaut dirigida por Chailly cuestan 127 euros. En Londres, las más caras para la Forza del destino con Kaufmann y Pappano están en 285 libras. Así las cosas, la impresión que a uno le deja esta temporada del Real es la de pobreza en voces y batutas, porque el Real ha decidido que eso es “mitomanía”, aunque por ahí puedan escuchar a magníficos cantantes y directores y nosotros nos quedemos con la enorme satisfacción de sabernos, según el diagnóstico de Matabosch, no acomplejados. Eso sí, lo que es vender fachada, la venden que te mueres. Pero cuando uno ve el contenido y analiza lo que hay por ahí fuera, se acuerda de la expresión de mi profesor de historia: aire, oropel… y nada. Servidor ha subido un escalón más en su localidad de abono. Ya estoy en la más barata. A este paso en la siguiente temporada me pido sitio en la lámpara de techo…

 

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