Rafael Ortega Basagoiti

¿Hacia la especie protegida?

Hace unos días, como comenté en mi anterior entrada en el blog, la Filarmónica de Berlín ofreció, en la Puerta de Brandenburgo berlinesa, un concierto gratuito con la Novena de Beethoven, bajo la dirección de su nuevo titular, Kirill Petrenko. El concierto reunió, según ha recogido Norman Lebrecht, a 35000 personas, que no está mal para una ciudad de algo más de 3,5 millones de habitantes, pero que queda lejísimos de las multitudes que acuden a los grandes eventos del pop o el rock. Algo que, en un país con la tradición musical de Alemania, y con el despliegue de orquestas y agrupaciones que tiene ese país, puede llamar la atención. La asociación alemana de orquestas ha hecho recientemente públicas las cifras de asistentes a conciertos y óperas en ese país. Los números, creo, pueden ser reveladores. Alemania, si mis datos no fallan, cuenta con una población de cerca de 83 millones de habitantes. Según la asociación mencionada, el número de asistentes a conciertos de música clásica fue de 7 millones en la temporada 2016/17, lo que suponía un crecimiento apreciable desde los 5,9 millones del año 2001. La cifra correspondiente en España para 2017, según el anuario de la SGAE, fue de 4,9 millones. Con estos datos, podríamos ver el vaso medio lleno, dado que con una población que es algo más que la mitad de la alemana, nuestro porcentaje de asistentes a conciertos parece no desmerecer tanto. Claro que, no nos vengamos arriba, de esos casi cinco millones, 2 de ellos fueron asistentes a eventos gratuitos. A los españoles esto del gratis total, ya se sabe, nos mueve. Pero, contando o no con lo gratuito, también cabe, sin demasiada bebida derrotista, ver el vaso medio vacío, y en ambos países, para concluir que la música clásica es decididamente minoritaria, e interesa a un porcentaje de la población evidentemente exiguo. En cierto modo, sabíamos o intuíamos que eso era así, desde luego, pero francamente el que suscribe pensaba que la distancia que nos separaba de Alemania era mayor. Que según estas cifras no lo sea puede conducirnos a una complacencia engañosa y, por ende, peligrosa. Porque lo cierto es que la madalena no está para tafetanes. La cruda realidad es que el mismo anuario de la SGAE muestra una audiencia para la llamada “música popular” que resulta abrumadoramente superior, de esas que te despachurran el ánimo: 26,6 millones de personas. Aunque esa audiencia también sufrió la crisis (en 2008 eran 35,6 millones), hablamos, en porcentaje de población, de una diferencia abismal. Si se excluyen los macrofestivales, la cifra sigue siendo apabullante: casi 21 millones de espectadores. No puede pretenderse, salvo sobredosis de medicación estupefaciente y probablemente caducada, que la música clásica llegue a esos niveles de audiencia. Por su propia naturaleza es imposible que sea así, y más en estos tiempos de superficialidad, de imperio de la escucha pasiva, de producto fácil y de negación del concepto “esfuerzo” y “tiempo” por parte del oyente. Pero entre esas cifras apabullantes de la música popular y los guarismos minoritarios de la clásica, que si se reducen un poco más pueden acercar peligrosamente el panorama al umbral de lo anecdótico, hay una distancia que debería preocupar, no vaya a ser que antes de lo que deseamos nos vayan a tener que declarar especie protegida por peligro de extinción. La cosa no pinta mejor para la lírica, porque el número de espectadores para la ópera descendió en los últimos años. En Alemania, de 4,7 millones en el año 2000 a 3,8 en 2017. En España, de 1,27 millones en 2008 a 0,7 en 2017. Habría que preguntarse si este descenso de público en la ópera tiene algo que ver con los bodrios escénicos con que demasiados coliseos castigan al personal. Porque lo que es el asunto de los precios… no cuela. Hay muchos, muchos conciertos de pop y rock donde la entrada se paga a precio de ópera y los asistentes son miles. En contraste con todo esto, a veces cuesta hacerse a la idea de que en el otro extremo del mundo las cosas tienen otra dimensión. El otro día escuchaba a Ben Zander, el director de orquesta británico afincado hace años en E.E.U.U., comentar que en China hay en estos momentos… 30 millones de pianistas. Es verdad que 1400 millones de chinos dan mucho de sí, pero en todo caso, el número es mareante, y quizá debería hacer pensar a más de uno. Los datos indican que algo más del 2% de los chinos son pianistas, cuando en España los asistentes a conciertos apenas totalizan un 10%. Y, aparte del lamento, ¿qué hacer? Pues como diría el castizo, vuelta la burra al trigo. No cabe otra que retomar el mantra, que no por cansino es menos cierto, de incrementar y reforzar la presencia e importancia de la música desde la educación primaria. Mientras la música para los chavales siga siendo, en el mejor de los casos, una “maría” tratada como tal por padres y por más de un profesor, o como “actividad extraescolar” de esas que a menudo se emplean para rellenar tiempo porque “algo hay que hacer con los niños” (que sé de más de un caso), …mal asunto. Y aquí, no nos engañemos, además del sistema, que sin duda falla, hay un déficit importante por parte de los padres. Preocuparse porque los chavales crezcan con la música clásica como un acompañante natural está muy bien, pero será difícil que eso ocurra si sus padres no contribuyen a ello. Y la mayoría de los padres, desgraciadamente, distan de tener una relación con la música clásica que facilite eso. Tal vez deberíamos, los implicados en la cosa musical, desde la interpretación o desde la divulgación, enganchar más a los adultos que a su vez han de enganchar a los niños. Se están haciendo cosas, sin duda. Algunas muy valiosas. Pero no me cansaré de repetir que… hace falta más. En educación y divulgación. Incluso si aceptamos que esto de la música clásica nunca dejará de ser una cosa de minorías, hay que intentar, que lo sea, valga el juego de palabras, en la menor medida posible. Y, antes de que se me olvide, decir una cosa en la que no debemos caer: teñir la música clásica de “popular”, porque ese es el cimiento sobre el que crecen los circos y engendros que protagonizan los Malikians de este mundo, y sobre ese asunto… vade retro. Educación y divulgación, absolutamente sí. Vulgarización, simplificación y adulteración, de ninguna manera. Ah, y en la ópera, analizar por qué el público parece estar desertando. Yo tengo alguna idea. ¿Adivinan?

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6 thoughts on “¿Hacia la especie protegida?

  1. Es muy interesante el artículo. En lo de no vulgarizar la música lo tenemos difícil porque esa es la consigna (secreta y no declarada) para todo lo que sea aprender en este país en donde los únicos que sobran son los políticos. Esos profesionales creando problemas donde no los hay y agudizando los que haya. Un saludo.

    1. Gracias por el comentario. Y por desgracia, tienes toda la razón. En efecto, el rechazo al aprendizaje y, en general, a todo lo que suponga esfuerzo, está tras el dominio actual de la vulgaridad y la simplificación. Y así… es muy difícil progresar.

  2. En general estoy de acuerdo con lo que comentas (evidentemente los datos son los datos y ahí no es que haya que estar de acuerdo.. te gusten o no, son los que son) pero, me he demostrado a mí misma en estos años que sí se puede generar atención e interés entre la gente pequeña y más joven. Es largo de explicar y el único problema que he encontrado es el dinero y tener espacios para poder programar lo conveniente. La prensa y medios en general no ayudan mucho tampoco y por eso a mí me parece bien que en las noches de los sábados en la tele nacional TV1 se de un programa de clásica en el que presentan a chicos y chicas normales, que se esfuerzan estudiando música, que además también se divierten y que se pueda oír buena música en lo que llaman PRIME TIME. Cuando quieras te lo explico cómo conseguimos, hasta que Madrid-Destino en CentroCentro nos prohibió que siguiéramos programando, que asistieran muchos niños y jóvenes y que lo pasaran bien. Gracias.

    1. Ana, yo no niego que se pueda crear interés en los jóvenes, estoy seguro de que se puede. Lo que digo es que no estamos haciendo lo necesario para lograrlo. No estoy nada seguro que el programa de la 1 que comentas sea el camino. Si lo estoy de que, en todo caso, no debe ni puede ser el único ni el principal. Creo que el principal sigue siendo la educación y en ella es fundamental atraer a los padres. Creo que con demasiada frecuencia nos olvidamos de que los padres ejercen una influencia esencial en todo esto. Si los niños no ven a sus padres acercarse a esta música y escucharla y en cambio sí les ven enganchados al pop y al rock ¿tenemos muchas probabilidades de atraerlos a la clásica por otros medios? Tengo muchas dudas, la verdad. Creo que tu iniciativa, que sin duda sería más que loable como todas las tuyas, iría por caminos algo diferentes de los del programa en cuestión. ¿no?

      1. Totalmente de acuerdo en que el camino principal es el educativo, no tengo nada más que añadir. El problema es que, los padres inscriben a los hijos en academias y conservatorios pero no los llevan a conciertos y ellos, que pasan horas y horas estudiando durante años, no entienden muy bien porqué y muchos no desarrollan ningún amor por la música sino más bien tirria porque nadie les ha llevado ni a ver una orquesta sinfónica ni un buen concierto de cámara ni, por supuesto, una ópera y ahí iba yo con el tema de que, nosotros tenemos esa experiencia de que asistan a los conciertos porque, además, participan en ellos. No solo hay que hacerles tocar, eso está muy bien, también oír a los demás. A eso iba pero desde luego, TODA MI ENERGÍA en que se incluya la música en la educación obligatoria y no tocando la flauta sino con un programa serio.

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