Rafael Ortega Basagoiti

Soberbias sopranos

Madrid. Auditorio Nacional. Sala Sinfónica. 26-I-2020. Ciclo Universo Barroco del CNDM. Handel: Orlando, opera seria en tres actos (versión de concierto) HWV 31. Max Emanuel Cencic, contratenor (Orlando). Kathryn Lewek, soprano (Angelica). Delphine Galou, contralto (Medoro). Nuria Rial, soprano (Dorinda). John Chest, barítono (Zoroastro). Il Pomo d’Oro. Dirección y clave: Francesco Corti.

Es ya un clásico del ciclo Universo Barroco la programación de óperas en versión de concierto, algo en buena medida lógico porque tampoco suelen ser obras que sufran demasiado por la “no escenografía”. A menudo el componente dramático-teatral está mucho más en la música que en el lado escénico, y teniendo en cuenta que la mayor parte de los libretos es perfectamente olvidable, la recreación satisfactoria de las bellezas musicales puede resultar más que suficiente para el adecuado disfrute. Es el caso de muchas de las óperas de Handel, un compositor de los más frecuentados en esta idea de las óperas en versión de concierto. Y lo es incluso más en el caso de Orlando, primera de las óperas (le seguirían Ariodante y Alcina) basadas en el Orlando Furioso de Ariosto, y más concretamente en el libreto de Carlo Sigismondo Capece (que ya había sido utilizado por Alessandro Scarlatti) severamente modificado por un autor anónimo, porque estamos ante un drama psicológico en el que la acción es prácticamente inexistente. Y pese a que la trama es un tanto estática e interiorizada, Handel sabe captar la atención con este inagotable talento melódico que, desde una pasmosa sencillez, dibuja con fina precisión el retrato de personajes, personalidades y situaciones, con instrumentación sencilla e incluso armonización que en general evita complicaciones (en muchos pasajes la escritura es a dos voces), pero con formidable sutileza dramática (la profusión de modulaciones, de cambios de tempo y carácter en la escena de la locura que cierra el acto II, es una obra maestra del dibujo de un estado de agitación, de oscilaciones continuas de estado de ánimo, de enajenación; es como si la música “no supiera” por momentos dónde está y dónde va a ir a parar, como en realidad le ocurre al personaje). Son quizá más fáciles para el oyente, por más contrastados y sobre todo más dinámicos en su devenir, otros títulos (por ejemplo, los dos mencionados sobre el mismo drama de Ariosto). Con todo, el inmenso talento de Handel, que completó la partitura en menos de dos meses, es evidente a lo largo y ancho de la obra. Los mimbres con los que ayer presentaba la obra el CNDM (los mismos que la acaban de ofrecer hace apenas una semana en Essen) eran, a priori, excelentes. Il Pomo d’Oro ha dado ya cumplidas muestras en nuestro país de su perfecto ensamblaje, y su excelencia como servidores estupendos en el terreno operístico es, creo, incuestionable, entre otros con el talentoso clavecinista, fortepianista y director ruso Maxim Emelyanychev. Ayer, ofrecieron nuevas e indudables muestras de dicha excelencia, con una cuerda de exquisita agilidad y empaste presidida por Zefira Valova (4/4/2/2/1), y un viento de envidiable solvencia (2 oboes, 1 fagot y 2 trompas, con la oboísta Petra Ambrosi y la fagotista Katrin Lazar “pluriempleadas” también como solistas de flauta de pico). Era la primera vez que veía y escuchaba al excelente clavecinista Francesco Corti en labores de director, y su labor resultó notable, atenta, cuidada y contrastada, bien elaborado y fluido el discurso dramático, con tempi bien juzgados y fraseo sensible y bien planteado en las inflexiones. Aunque hubo cortes en la partitura, se evitó la eliminación de números completos, limitándose la tijera a la supresión de algunas secciones centrales (y los da capo correspondientes, claro está) en algunas, tampoco demasiadas, arias. Nada, en fin, especialmente sangrante. Mi único “pero”, tampoco especialmente trascendente, está en la labor, por lo demás impecable en la ejecución, del continuo. Soy de los que piensa que cuando el continuo aporta “demasiado” en su parte ornamental, termina adquiriendo un protagonismo excesivo y emborronando el rol de soporte que le es propio. Cuando en más de un recitativo, sobre notas de valor largo del cantante de turno, el clave y las tiorbas se sumergen en continuos arpegios, se corre el riesgo, creo, de una cierta distracción del oyente, que termina más pendiente de las florituras del continuo que de lo que el cantante está interpretando, cuando en buena lógica debería ser al revés. En el apartado vocal, brilló con sobresaliente nivel (y el público así lo reconoció) Kathryn Lewek en una soberbia interpretación de Angelica, intensa, poderosa y vocalmente fantástica. Su interpretación de la primera aria del tercer acto, Non potrá dirmi ingrata, fue especialmente electrizante. Tanto, que el público enardecido no se contuvo y prorrumpió en una estruendosa ovación sobre la última nota de la cantante. Para el firmante, una ostentosa falta de respeto a Handel, a los músicos de la orquesta y su director, y sobre todo a quienes estábamos igualmente entusiasmados, pero aún no habíamos perdido el equilibrio emocional, dado que se nos impidió escuchar los ocho compases de música instrumental que aún quedaban por ejecutar para finalizar la página. Debo confesar que tal incontinencia en la ovación me produce especial irritación (ya saben lo que acaba de salir). A un nivel de paralela excelencia se movió esta cantante extraordinaria que es Nuria Rial, una voz preciosa que siempre está admirablemente manejada, con una línea de canto, una elegancia y una sensibilidad expresiva admirables. Cumplió con más solvencia que brillantez o deslumbrante volumen Delphine Galou, que pareció más mezzo que contralto, en un notable retrato de Medoro. Lo mismo se puede decir de John Chest, un barítono de buena presencia y línea de canto, con excelente manejo de la agilidad handeliana, aunque sin un volumen de especial impacto, especialmente en el registro más grave (el descenso hasta el La2 resultó apenas audible). Tengo que confesar que, tras haberle escuchado algunas grabaciones, esperaba más, mucho más, del croata Cencic en el rol protagonista. Para el que firma, fue la gran decepción de la noche. La voz es atractiva, pero Handel escribió la mayor parte de su rol para la mitad inferior de su registro, y en esa zona el volumen del croata se resiente hasta el punto de resultar difícilmente audible. Muchas de las agilidades, que parecieron muy bien resueltas en cuanto a claridad de articulación, fueron audibles con dificultad, precisamente por encontrarse en una zona del registro en el que el croata no tiene volumen suficiente. Cuando en algún da capo o alguna cadencia se permitió escalar a la zona más aguda del registro, parecíamos estar escuchando, en cuanto a volumen, a otro cantante. Pero, como apunté antes, es muy evidente que Handel empleó con intención esa zona media-baja de la tesitura, y, en esa zona, por desgracia, Cencic no se encuentra a gusto, lo que siembra dudas respecto a su adecuación para el papel. En resumen, un Orlando estupendamente servido en lo instrumental, con dos magníficas sopranos, cumplidores en el resto y, desgraciadamente, decepción total en el papel protagonista.

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