Rafael Ortega Basagoiti

Va de piano

En los últimos días me he dado una buena dosis de discos pianísticos. La cosa ha venido por casualidad, pero de repente se han juntado sobre mi mesa el último disco de Sokolov, el más reciente de Seong-Jin Cho y el lanzamiento inminente de Eduardo Fernández tras su sonado fichaje por el sello BIS, nada menos que con la integral de la obra pianística de Bernd Alois Zimmermann. Pero junto a este me llegó también su disco con los Op. 117-119 de Brahms, y ya puestos, me dispuse a disfrutar también de su Iberia y de sus Preludios de Scriabin.

Aguardo con verdaderas ganas la charla que mantendré en directo con Eduardo este próximo sábado, a las 19:00, en la serie “La música confinada” de Scherzo, a través de la cuenta Instagram @scherzo.es, donde charlaremos sobre la actual situación, cómo la está viviendo y cómo ve el futuro, pero también, naturalmente, sobre Zimmermann y Scriabin, y si nos da tiempo, también sobre otras cosas.

Empezando por el principio, las reseñas de los discos de Sokolov y Seong-Jin Cho aparecerán próximamente en Scherzo. Por razones obvias no las puedo reproducir aquí, pero sí anticiparles que ambos son estupendos.  El álbum de Sokolov se centra en la Sonata nº 3 y las Bagatelas Op. 119 de Beethoven, las Piezas Op. 118 y 119 de Brahms y la consabida serie de propinas. Quienes adquieran el álbum “físico” tienen como bonus un DVD con un recital de Sokolov en Turín, con unas muy personales (pero no para todos los gustos, me temo) lecturas de Mozart (Sonatas K 545 y 457, Fantasía K 475) y unas impagables interpretaciones de las Sonatas nº 27 y 32 de Beethoven, también acompañados de la inevitable media docena de propinas, inveterada costumbre del genial pianista ruso. Si me admiten un consejo: no lo dejen pasar.

El joven coreano Seong-Jin Cho (26 años…) me sorprendió más que muy gratamente. Su disco tiene tres miuras del repertorio: la Fantasía Wanderer de Schubert y las Sonatas de Alban Berg y Franz Liszt. Este chaval demuestra una madurez artística de primera, y como su técnica es sobresaliente, el resultado está a la par. En Finlandia ofreció este mismo programa (más Mozart) y el recital se puede ver en Youtube, por si quieren despejar dudas: https://www.youtube.com/watch?v=MP-FHZLP-dA.

Y llegamos así al madrileño Eduardo Fernández. Cuanto más le escucho más aprecio la cohesión, la lógica y la solidez de su criterio y de su resultado interpretativo, la claridad de su exposición, la generosa anchura de su dinámica y su cuidado del sonido, que llega contundente en los fortísimos, pero bien adelgazado en los pianissimi extremos. Más aún, en su búsqueda de la sonoridad diferenciada según el caso, es capaz de producir colores bien variados, y eso es evidente en los discos escuchados, incluso dentro de cada uno de ellos.

Es una muestra de esa solidez de criterio, de una madurez extraordinaria el que piezas como las últimas de Brahms, unas partituras a menudo de una introspección crepuscular y una nostalgia casi inalcanzables, nos lleguen, de su mano, con una sonoridad que en si misma mira, como la propia música, hacia dentro. Cuidadísima expresión de nostalgia, sin duda. Escuchen los números 2 (https://www.youtube.com/watch?v=Icf9IAti3cE&list=PLCfOS6fxi25Ab1vhmXP-syrUiPc8yux2r&index=5) y 5 del Op. 118 o el primero del Op. 119 a guisa de ejemplo. Pero Fernández es capaz de desplegar también un brío envidiable, como demuestra su enérgica lectura de la Rapsodia que cierra la colección, dotada además del adecuado contraste con la elegante sección central. Un disco magnífico.

Excelente también su Iberia, que tiene toda la riqueza de colorido y contrastes, desde la sutil sugerencia que uno espera en páginas como Evocación al sabor, el brío, con un envidiable sentido del canto, pero sin esconder las crudas disonancias en otras como Lavapiés.

Sigue Fernández la envidiable pauta de sumergirse literalmentea fondo en cada compositor para aprehender el contexto, los antecedentes y los consecuentes de las obras que aborda, buscando, tras el conocimiento detallado, ese complejo equilibrio, un punto esquizoide, que se aproxima al que perseguía Brendel: el de ser vehículo del mensaje del compositor con la dosis justa de aportación del intérprete, esa dosis que da una vida especial a cada interpretación, pero sin apropiarse de la partitura hasta llevar su resultado más allá de lo que el compositor deseaba.

Lo consigue el madrileño de forma sobresaliente en su planteamiento de los Preludios de Scriabin, donde la sonoridad muta, incluso a lo largo de la amplia evolución que se plantea desde el primer Scriabin al último. Quien esto suscribe dista de ser un experto en Scriabin, pero indudablemente hay algo en su música, desde que hace muchos años escuché por primera vez un recital inolvidable de Sviatoslav Richter dedicado en su totalidad a él, que tiene para mí un magnetismo de alguna manera inexplicable.

Tal vez no es de extrañar que la abigarrada personalidad del ruso y su muy personal lenguaje, a menudo enigmático y complejo de desentrañar, hayan atraído al madrileño hasta el punto de dedicarle su tesis doctoral, y, visto el resultado de los Preludios, que personalmente he encontrado fascinante (escuchen aquí el Op. 59 nº 2: https://www.youtube.com/watch?v=f0NIikz1-i0), tampoco extraña que se encuentre en el camino de abordar las Sonatas y Estudios.

Y ahora, en pocos días, estará disponible su primer disco para BIS: la obra para piano de Bernd Alois Zimmermann (1918-1970). El otro día, mi estimado amigo Álvaro Menéndez Granda, que desde su blog (https://espacio-arezzo.com/critica/eduardo-fernandez-testamento-zimmermann/?fbclid=IwAR1Rd0kzZ3PYnYCMP_aZvD5p2FBPRphh3YzpTXwvCAJbuBDtT-ZO3Tx_jEk), repasó con su habitual tino el disco en cuestión, partía de la base de que la música del XX no es su especialidad. Yo voy más allá que él porque aunque en su día toqué algo de Ravel y Debussy, no he tocado ni Cage ni Ligeti, y, aparte de los Stravinski, Bartók, Shostakovich o Prokofiev, debo confesar que no me siento particularmente cerca de buena parte del dodecafonismo ni de la vanguardia posterior, léase Boulez, Stockhausen y compañía. Limitación mía, por supuesto, pero qué le vamos a hacer, uno es más clásico.

La personalidad de Zimmerman es, como la de Scriabin (aunque en ámbito bien diferente), compleja y abigarrada, en buena parte hasta atormentada. Pero debo confesar que la escucha de estas obras, que desconocía, me dejó, en general, muy impresionado. Y una de las cosas que me impresionó de nuevo es la lógica con la que el discurso de Fernández afloraba, incluso más allá de la parquedad inicial en algo que ayude al intérprete (la partitura de las Tres Piezas tempranas, surgida en plena segunda guerra mundial, es asaz escueta en indicaciones, poco más allá de la de tempo y algún matiz aquí o allá; más adelante las partituras se vuelven bastante más prolijas y detalladas, incluso con indicaciones -como hacía Bartók- de duración minutada).

Pero ahí es donde asoma el Fernández buscador, el estudioso del contexto, para construir, más allá del análisis formal que no deja de ser algo bastante frío, un discurso que penetra en la esencia y a continuación se transmita al oyente con la deseable fidelidad y nitidez. Me encantaron, y esto es reseña de breves impresiones personales de alguien que se acerca de primeras a este repertorio, algunas resonancias casi impresionistas en esas páginas tempranas, con algún guiño (Intermezzo) que sugería al Satie más sugerente, como también los evidentes recuerdos a Ravel en el Bolero de la serie Extemporale. Y me sorprendió igualmente esa rara mezcla de trasfondo folclórico con el empleo de algunos trinos dobles y largos cuya crudeza por momentos me devolvía al Beethoven de la Hammerklavier, que en su momento resultó por completo futurista y visionario, en el Capriccio.

Fascinantes igualmente, aunque no tan evidentes como los anteriores, los “homenajes” a Debussy y Strauss en el apéndice de Enchiridion. Tendré que transitar con más calma por la última serie, Configuraciones, donde asoma el Zimmermann más minimalista pero también más avanzado, y que por ello pertenece al ámbito que me resulta más lejano. Disco fascinante, en todo caso, estupendamente presentado y grabado, que me ha enseñado muchas cosas sobre este compositor en el que apenas me había adentrado, y en el que Fernández se ha sumergido con su profundidad habitual. Y consigue que, quienes lo escuchemos, deseemos adentrarnos también en su mundo. Sale además el disco en un momento muy oportuno, porque en este año pandémico se cumplen no solo los 250 años del nacimiento de Beethoven, sino los 50 del trágico suicidio de Zimmermann. Si pueden, lean también la interesante entrevista con Fernández que publica la revista Ritmo (https://www.ritmo.es/revista/ritmo-en-casa).

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4 thoughts on “Va de piano

  1. Gracias por tus comentarios Rafael, que al menos para mí me sirven para nuevos descubrimientos, y más durante estas fechas de confinamiento, ya que aún nos queda para volver a los directos en auditorios ( pese a los nuevos experimentos virtuales de algunas orquestas ).
    Cuídate mucho.

    1. De nada José Tomás, me alegro que te resulten útiles. Cuídate mucho tú también. A ver si alguien pone un poco de cabeza en todo esto y genera de una vez la evidencia necesaria para elaborar un protocolo de seguridad para los músicos que esté basado en unos datos sólidos y no en «intuiciones» más o menos atrevidas.

    1. Gracias Gonzalo, un placer para mí también saludarte. cuando las cosas se hacen bien, no me duelen prendas en citarlas, aunque yo escriba para «la competencia». La crítica de Sokolov y también la de Seong-Jin Cho saldrá en breve. Un saludo!

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