Rafael Ortega Basagoiti

Hacia una prudente andadura

Superados los dos meses desde que en España se decretó el estado de alarma (en algunos otros países se reaccionó con más diligencia) y, con él, la suspensión de la actividad musical, el mundo ha quedado sin conciertos y óperas, y miles de músicos han quedado sin trabajo y con un panorama en el futuro a corto y medio plazo de pavorosa incertidumbre, tanto más cuanto más se prolongue la paralización de la actividad. Pueden ser excepción quienes son plantilla de orquestas estables, que siguen cobrando su sueldo, al menos en España, porque en algunos otros países han sufrido también despidos o suspensiones temporales de empleo.

En medio de la ola de dolor y miedo, se abrió una temprana pero masiva ola de solidaridad por parte de los músicos, y también de los teatros de ópera y formaciones sinfónicas de renombre (la Filarmónica de Berlín es el ejemplo más claro, pero no el único) que, desde sus plataformas de streaming, ofrecieron contenidos gratuitos para ayudar a la población a la muy conveniente suma del necesario solaz con el conveniente enriquecimiento espiritual que la música trae consigo.

Surgió después, con toda lógica, una corriente que creo de obligada reflexión sobre la inconveniencia de que dicha ola de gratuidad solidaria se prolongara indefinidamente. España es un país muy aficionado a la gratuidad, pero hete aquí que ciertas cosas, desde el hábito diario de comer y vestir, hasta los alquileres e hipotecas, el mantenimiento de los hijos, la luz, el gas y tantas otras cosas, no son gratis para nadie, y por supuesto, tampoco para los músicos. La música que generan es su trabajo. Un trabajo, por cierto, que requiere un esfuerzo de preparación intensa de muchos años, y que demasiado a menudo no goza en nuestro país de la mínima justicia en cuanto al reconocimiento ni a la compensación. Es precisamente ahora el momento en el que, además del merecido reconocimiento, la compensación es más imprescindible que nunca.

Es menester, por tanto, que se ponga coto a la gratuidad sin freno de lo que ahora (y durante un tiempo, como luego trataré de explicar) es la única oferta posible por parte de los músicos: los conciertos en streaming. Estos deben ser de pago, incluso aunque los precios sean modestos, al menos mientras la oferta tenga que ser doméstica (entendiendo por doméstico lo ofrecido desde el domicilio de los músicos, la única posibilidad mientras no se puedan abrir para ese fin las salas). Y creo que la oferta de contenido gratuito incurre, en ese sentido, en algo que tiene un ingrediente de competencia desleal.

Gratuidades aparte, el asunto del streaming forma parte de una disyuntiva más amplia respecto a la actividad musical, en sus distintas facetas (recitales, música de cámara con diferente magnitud y contingentes, música sinfónica y coral, etc.), y teatral: la disyuntiva de, y cuando termine el confinamiento, ¿qué? Hay una montaña de interrogantes encerrados en esta pregunta genérica. ¿Qué tipo de actividades podrán retomarse primero? ¿Con qué medidas de seguridad para los músicos? ¿Hay evidencia que sustente una recomendación clara al respecto? ¿Con qué aforo y medidas de seguridad para el público? ¿Es artísticamente viable la distancia de seguridad actualmente recomendada en el contexto de una orquesta sinfónica? ¿Cómo se va a mantener dicha distancia por las orquestas de foso, donde el espacio suele ser más reducido? ¿Es posible retomar la actividad de los coros? Los músicos que tañen instrumentos de cuerda, tecla o percusión pueden portar mascarillas, pero obviamente los de viento, no. ¿Qué distancia de seguridad deben guardar ellos entonces? ¿Qué medidas han de tomar en la limpieza de sus instrumentos, materia que por razones obvias tiene características diferenciales respecto a los de otros?

Para complicar más la cuestión, dependiendo del modelo de propuesta que se elija, puesto que parece claro que el aforo completo en locales cerrados no va a ser posible durante bastante tiempo ¿es económicamente viable la actividad con público en condiciones de aforo limitado? Y otra cuestión importante, a menudo orillada: cuando sea posible la actividad con público ¿va a atreverse la gente a ir? Hay que recordar que el virus es particularmente agresivo por encima de los 60 años, y supongo que no necesito apuntar la media de edad del público que asiste a los conciertos de música clásica…

A toda esta plétora de preguntas hay que añadir las propias relacionadas con el virus y la enfermedad que produce. Aún sabemos poco de él. Sabemos, naturalmente, más que hace tres o cuatro meses, pero seguimos ignorando demasiadas cosas y descubriendo nuevas sorpresas. Suponemos que pasar la enfermedad genera cierta inmunidad, pero aún no sabemos cuánto dura dicha inmunidad ni en qué medida protege. No está nada claro, al menos de momento, que en aquellos que han pasado la enfermedad de manera asintomática se genere dicha inmunidad. Es probable que sea así, pero necesitamos más tiempo y estudios para tener una relativa certeza.

No sabemos aún la magnitud de las secuelas de quienes han padecido las versiones más serias de la enfermedad: los pacientes hospitalizados y quienes han logrado sobrevivir a la estancia en la UCI. Pero sí vamos viendo que dichas secuelas pueden ser muy serias y que incluso hay casos de complicaciones severas tardías (meses) tras haber padecido la enfermedad. Hago todas estas consideraciones porque el riesgo que han de asumir los músicos y el público no es baladí, y además no es conocido aún en su totalidad. Y, mientras no se de con alguna estrategia terapéutica que consiga banalizar el curso de la enfermedad (algo que hoy no parece próximo) o con una vacuna (que, siendo realistas, parece improbable que llegue antes del otoño del año próximo), ese riesgo condiciona muchas cosas.

Para responder a muchas preguntas relacionadas con el virus, necesitamos tiempo. Hay cosas cuyo conocimiento simplemente no podemos acelerar, porque requieren tiempo (sin ir más lejos, algunas de las preguntas citadas sobre la inmunidad o con las complicaciones y secuelas de la enfermedad). Y no me cansaré de repetir el clásico aserto de que un embarazo completo consiste en una mujer embarazada nueve meses, no en nueve mujeres embarazadas durante un mes.

En el mundo en general, y en el de la música en particular, se respira una muy comprensible impaciencia, incluso una impaciencia ansiosa, por recuperar la actividad lo antes posible. Pero en una situación como la presente, conviene que la prudencia prime sobre la impaciencia, porque la frontera entre la impaciencia ansiosa y la osadía insensata puede ser demasiado borrosa, y la prisa por resolver la incertidumbre y recobrar la normalidad (olvidando que, de momento, la normalidad estará lejos de ser la de antes), tan tentadora como para impregnarla de una temeridad que llegue a borrar esa difusa frontera.

Como señalé en otro foro recientemente, hemos de aprender a convivir con el virus. Es obvio que no podemos estar eternamente confinados y con la actividad detenida. Y es obvio también que no hay que confundir prudencia con miedo excesivo y paralizante. Hay que emprender un camino de acción con prudencia, para llegar a un equilibrio en el que, con la debida cautela, se vayan retomando actividades, y vayamos acercándonos cuanto se pueda a la normalidad diferente que nos espera durante largo tiempo, al menos hasta que ese remedio que banalice la enfermedad o esa vacuna estén disponibles.

Es indudable que, en ese camino, es de aplicación lo que hace poco escuché a un buen amigo e importante cardiólogo: “si nos hemos de contagiar, como parece probable, cuanto más tarde ocurra, mejor”, por una simple razón: cuanto más tiempo haya pasado, más sabremos del maldito virus y de cómo combatir sus consecuencias. De momento, viviremos un mundo de creciente higiene de manos (algo por lo demás muy conveniente en todo caso), mascarillas (especialmente en locales cerrados o en abiertos con aglomeración) y distancia social. Parece más que aconsejable que la población por encima de los 60 años y/o con enfermedades de base o reconocidos factores de riesgo vaya, en cuanto a precauciones, un punto más allá que el resto, aunque me parece un disparate pensar que se debe dilatar su salida del confinamiento, como algún iluminado ha llegado a insinuar.

Y, dentro de toda esta reflexión, llegamos al nudo gordiano de la lista de preguntas enumeradas anteriormente en relación con las actividades musicales. Me temo que, una vez más, supongo que por falta de tiempo, andamos escasos de una herramienta que resulta vital para contestar esas preguntas: estudios claros y contundentes (y hablo de estudios científicos publicados en revistas con revisión por pares, no de “informes de expertos”, que de esos hay también un torrente, como luego comentaré, sin que haya, ni mucho menos, unanimidad en las conclusiones) sobre el asunto de la transmisión del virus por partículas o los denominados aerosoles.

Así, a estas alturas parece haber un cierto consenso entre las organizaciones científicas (OMS, CDC, etc.) en cuanto a que la distancia social requerida sea de 1,5-2m. Pero hay información científica contradictoria en este sentido, y si nos metemos en el ámbito de la música, los “estudios” (entrecomillo porque ninguno de ellos ha sido publicado en una revista científica contrastada) que se han llevado a cabo arrojan conclusiones también contradictorias. Varios botones como muestra.

Hace unos días, a petición de siete orquestas berlinesas (entre ellas la Filarmónica y la Staatskapelle), los Dres. Willich y cols. de la Facultad de Medicina Charité, publicaron un documento de 13 páginas en el que venían a decir, en coincidencia con lo anterior, que los instrumentistas de cuerda debían guardar una distancia entre ellos de 1,5m, los de viento, de 2m. El director debía estar a 1,5m del músico más próximo (https://slippedisc.com/2020/05/important-berlin-scientists-issue-rules-for-orchestra-distancing/).

Por su parte, sin salir de Alemania, dos científicos de la Universidad de Munich llevaron a cabo experimentos con cantantes y músicos (https://slippedisc.com/2020/05/two-munich-scientists-pronounce-singing-to-be-covid-safe/), llegando a conclusiones en cierto modo contradictorias con lo anterior, y de alguna manera, sorprendentes. Concluían que era improbable que el aire expelido por el canto llegara más allá del medio metro de distancia, pero, quizá porque a ellos mismos les extrañaba tal conclusión, recomendaban mantener el famoso metro y medio de distancia. Los resultados para los instrumentos de viento parecían sorprendentes, con la trompeta y el trombón alcanzando el medio metro, pero con clarinete, oboe y fagot sobrepasando el metro, y la flauta llegando incluso más lejos.

Estas conclusiones de los bávaros sobre los cantantes chocan frontalmente con la evidencia de que el virus ha causado estragos en los conjuntos corales. El más sonado ha sido el de un coro neerlandés en el que, tras cantar la Pasión según san Juan de Bach el 8 de marzo, en el Concertgebouw, el contagio fue masivo: 102 de los 130 cantantes afectados, con el resultado de cuatro muertos (uno de los cantantes y tres parejas de miembros del coro (https://slippedisc.com/2020/05/concertgebouw-chorus-is-devastated-after-pre-covid-bach-passion/). Otros coros parecen haber sufrido importantes tasas de contagio también (https://www.theguardian.com/world/2020/may/17/did-singing-together-spread-coronavirus-to-four-choirs?CMP=Share_AndroidApp_Gmail), y hasta donde el firmante sabe, algunos coros españoles tampoco han escapado indemnes. Parece improbable que tanto contagio en las formaciones corales se haya producido en andanzas varias (que hubieran ocurrido igualmente en otro tipo de agrupaciones que no parecen haber sido tan devastadas), de forma que, personalmente, creo que los coros deben tener un cuidado extra.

Para enredar más la cuestión, hoy conocíamos, desde el muro de Facebook de la Filarmónica de Viena (https://www.facebook.com/ViennaPhilharmonic/), la conclusión de otro experimento, llevado en esta ocasión a cabo específicamente por decisión de la gerencia de la orquesta que, en palabras de su presidente, Daniel Froschauer, defendía que “para hacer música al más alto nivel, garantizar el sonido y el rendimiento al que nuestro público está acostumbrado, no podemos tocar manteniendo demasiada distancia entre nosotros”. El experimento, cuyos detalles no he llegado a conocer, y que tampoco se ha publicado en ninguna revista científica, concluye que “no se espera que el aire exhalado por un instrumentista se expanda más allá de un radio de 80 cm de su cabeza”. Dicho sea de paso, y teniendo en cuenta la afirmación de Froschauer de que no podían tocar a más distancia de la acostumbrada, no puedo evitar preguntarme si esto no desprende cierto tufillo a aquello de “primero tiro la flecha y luego pinto la diana”.

No me extenderé más, pero les aseguro que hay más variedad de recomendaciones al respecto, de distinta procedencia. Sin embargo, ya a finales de marzo, la Dra. Lydia Bourouiba publicaba un interesante estudio en el Journal of American Medical Association (https://jamanetwork.com/journals/jama/fullarticle/2763852) sobre la emisión de patógenos respiratorios y las potenciales implicaciones en la transmisión del Covid 19, concluyendo que las distancias de 1-2m recomendadas podrían estar sobre estimando la capacidad del virus de viajar a distancias sensiblemente superiores en el aire movilizado por la exhalación producida por la persona infectada.

Así las cosas, la ceremonia de la confusión está servida. Como apunté antes, la clave es que faltan estudios. Y en medicina siempre se dice que cuando hay muchas hipótesis, es porque ninguna ha llegado a una conclusión definitiva que excluya las demás. La pregunta clave es, en estas condiciones, la que la organización británica BBE (Brass Bands England) proponía, al principio de la explosión pandémica, a los organizadores de eventos: ¿Pueden ustedes garantizar la salud pública en su evento? (https://www.musicmark.org.uk/news/bbe-statement-on-the-covid-19-pandemic/).

Y como consecuencia de la ceremonia de la confusión, hemos visto de todo. La Filarmónica de Berlín ofreció un concierto el pasado 1 de mayo, sin público, en el que se ejecutaron varias obras (entre ellas un arreglo camerístico de la Cuarta de Mahler). Los músicos a distancia reglamentaria, sin mascarilla. El resultado, a decir de más de uno, no tuvo el nivel acostumbrado de los Berliner (lo que daría la razón a Froschauer, dicho sea de paso). Hemos visto también a los checos del Collegium 1704 interpretando con mascarilla, y con el ridículo detalle de que el flautista (flauta de pico) lo hacía con una mascarilla que tenía un orificio para la boca, algo que hacía de la mascarilla en cuestión una herramienta perfectamente inútil. Y el otro día (pueden ver el vídeo aquí: https://slippedisc.com/2020/05/exclusive-czechs-stage-first-post-covid-concert-with-audience/) hemos visto el primer concierto con público en ese mismo país: aforo limitadísimo y, nuevamente, detalle inexplicable: pianista y violonchelistas con mascarilla, clarinetista sin ella. Alguien debería decirles a sus colegas que, en esas condiciones, sus mascarillas sirven de poco. En los Festivales, hay de todo. Glyndebourne, Bayreuth, Bregenz o Tanglewood han cancelado. Salzburgo anuncia una versión “modificada” de su edición 2020, y algo similar han hecho en España la Quincena Musical Donostiarra y el Festival de Granada.

Después de este repaso al pandemónium que resulta de la falta de evidencia sólida en favor de una u otra conducta, a uno le queda la sensación de que, precisamente por esa falta de evidencia sólida, debe primar la precaución. Personalmente, y esto por supuesto es una opinión meramente basada en el sentido común y en lo que ahora mismo sabemos de la materia, diría que la actividad sinfónica no puede retomarse al menos en el corto plazo. Las distancias de seguridad parecen más o menos claras para los instrumentistas de cuerda, pero no tanto para los de viento, y en todo caso, esas mismas distancias hacen que la ejecución, con el debido empaste, sea francamente complicada. El panorama sinfónico está más que nublado, y alguien tan conocedor de ese mundo como Alfonso Aijón lo expresaba con claridad en la entrevista ofrecida para “El compositor habla” (https://www.elcompositorhabla.com/es/noticias.zhtm?corp=elcompositorhabla&arg_id=2185), aunque yo quiero confiar en que el periodo de oscuridad sinfónica sea algo más corto (tampoco mucho más) que el que él señala. Y, naturalmente, entre estas restricciones se incluyen las giras.

Creo que la actividad en recitales solistas y conciertos con pequeños conjuntos de cámara puede retomarse relativamente pronto. Inicialmente sin público (streaming de pago, ahora ya no a precio de rebaja, una vez que las condiciones técnicas de emisión sean las idóneas), luego con aforo limitado. Veo factible la posibilidad de ofrecer entradas a un precio para quienes se animen (que esa es otra) a acudir de manera presencial, y otro tipo de entradas para verlo en streaming (para aquellos que no quepan por la limitación de aforo o simplemente deseen ejercer una mayor precaución). Esta última alternativa puede ayudar a hacer económicamente algo más viable la propuesta.

Con todos los respetos, no termino de ver viable la actividad canora tanto en coros como en ópera, mientras no tengamos evidencia sólida de que se puede llevar a cabo de manera segura. Si yo fuera gestor musical, tendría muy presente esa pregunta antes mencionada: ¿Puede usted garantizar la salud pública en el evento que organiza? Si la respuesta arroja la más mínima duda, creo que lo razonable es posponer.

Tampoco me extrañaría, en fin, observar un renacimiento de las grabaciones, que ahora podrían convertirse en una vía de hacer propuestas para muchos músicos (y en su momento, también para orquestas), también en el caso de que haya alguna vuelta atrás en caso de rebrote.

Ya se que probablemente este panorama no se antoje precisamente luminoso. Pero, como señalé al principio, mientras no tengamos más evidencia, o sigamos esperando el remedio que banalice la enfermedad o la vacuna que la prevenga, hemos de caminar con tanta decisión como prudencia. Tratar de ir demasiado deprisa, transformando el optimismo y positivismo necesarios en una carrera de un temerario frenesí sería traspasar la frontera borrosa que antes mencioné para entrar en el terreno de la osadía insensata. Las posibles consecuencias, ya las hemos visto. La andadura, pues, debe ser prudente. Decidida sí, pero prudente.

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