Rafael Ortega Basagoiti

Sigan, sigan… y verán lo que es bueno

Lo de “sigan, sigan…” es una expresión habitual entre los árbitros de fútbol cuando aparentemente ha habido alguna infracción y los jugadores los miran esperando, infructuosamente, que señalen algo. Y lo traigo a colación porque me temo que muchos espectadores de ópera miran (miramos), desorientados, esperando que algún árbitro imaginario detenga la senda del despropósito creciente en la que se ha instalado la escenografía lírica. Sobre la segunda parte del título del artículo… sigan leyendo.

Hace ya años estuve en la Arena de Verona (donde, por cierto, la orquesta apenas se oye, al menos en mi experiencia, salvo que uno tenga el pastizal para tener una localidad al lado mismo de la orquesta), viendo Nabucco. Azares de mudanzas y otros han dado al traste con los papeles que conservé y no soy capaz ahora de precisar de quién era la puesta en escena. Pero sí puedo decir que era un Nabucco comme il faut, o sea, con Jerusalén y Babilonia y todas esas cosas tan vulgares con las que Verdi y Solera concibieron la ópera.

El otro día, un buen amigo, veterano crítico y amante de la lírica, me pasó la foto que encabeza este artículo: el barítono Luca Salsi, en el papel de Nabucco, representación que, cuando escribo estas líneas, habrá tenido lugar apenas hace un día en el coliseo veronés. El Rey de Babilonia transformado en… lo que ustedes están viendo. Sí, otro nazi más, que aún quedaban gabanes nazis por usar de ese saldo tan multiusos y popular.

Me preguntaba este amigo hasta cuándo habremos de soportar esta epidemia de despropósitos escénicos (en realidad empleaba un lenguaje más fuerte referido a prácticas de onanismo mental, ya me entienden). Mi respuesta fue: “Pues básicamente hasta que la crítica deje de hacerles la ola y el público deserte, o hasta que cantantes y directores musicales se rebelen. Mientras eso no ocurra, estamos fastidiados con jota, léase jodidos, con vistas a la calle, me temo”.

Lo que no añadí, pero sí traigo ahora a colación, es la continuación de esa respuesta, que es lo que mi olfato me dice. Me puedo equivocar, claro, pero uno tiene ya unos años y va viendo de qué va la cosa. Por partes. Que la crítica deje de hacerles la ola a estos innovadores hay que descartarlo, por varias razones. Primero, queda feo. No hace, como diría Astérix, galorromano. No mola. Lo que mola es sumarse al snobismo de decir lo guay que queda la propuesta rompedora de fulano, que es superactual y va a llevar a muchísimo público nuevo a la ópera, oyes. Mejor aún si se necesita un video explicativo de las intenciones del interfecto. Eso ya es lo más. Una puesta en escena que no necesita exégesis no es puesta en escena ni es nada. Una puesta en escena sin exégesis es como la serie esa de las tetas. Sin exégesis, no hay paraíso.

Y segundo, más de un crítico y más de dos se benefician de encargos de teatros líricos, que peligrarían más que probablemente si insisten en críticas feroces a los escenógrafos, convertidos desgraciadamente en nuestros días en los grandes divos de la cosa lírica, para desgracia, ay, del componente musical, demasiadas veces sacrificado hasta la aniquilación.

Que el público deserte… no parece que vaya a ocurrir. El público, no sé si porque realmente le gusta, porque le da igual o porque hay muchos otros factores (el social entre ellos), sigue llenando los teatros, le caiga lo que le caiga. En ocasiones hay algún que otro abucheo, pero la cosa no pasa de ahí, y como la crítica (gran condicionante de opiniones) sigue haciendo la ola… pues hay lo que hay.

Que cantantes y directores se rebelen, también improbable. Ha habido algunas deserciones de foso entre los directores (desde Marriner a Giulini o Haitink, sin ir más lejos), pero las batutas siempre tienen el terreno sinfónico en el que asentarse (y si les gustan las bandas sonoras, ya ni les cuento). Entre cantantes, más de uno acaba extraoficialmente espantado (entre bastidores)… pero tragando, porque si no, acaba cantando en la ducha. Así que la rebelión de cantantes parece bastante poco probable, porque básicamente… hay que comer.

Esto es lo que hay. Este verano podemos disfrutar de Nabucco-Göring, del ya conocido Tannhäuser bayreuthiano con la Drag Queen, y de más cosas, entre otras de un Cosí salzburgués que me da que debe haber sido aburridito. Pero esto que nos acaba de llegar de Hamburgo y que pueden ver en streaming hasta primeros de septiembre es para que no se lo pierdan los amantes del masoquismo lírico: una producción de Lucia di Lammermoor, salida de la mano (es un decir) de Amélie Niermeyer.

Les invito a que vean el video (https://youtu.be/-YBhukenviM). Creo que con los primeros minutos de las bailarinas clamando en plan manifa contra el heteropatriarcado y chillando “el violador eres tú”, tendrán una buena pieza para empezar. En todo caso, si quieren caldo, aquí tienen varias tazas.

¡Ah! Se me olvidaba, mecachis. La Gimadieva es un horror como Lucía y tampoco es que el tenor sea para el recuerdo. Pero da igual, hay que ver lo que mola todo lo demás. Especialmente el principio.

Lo dicho, estamos jodidos con vistas a la calle. Sigan, sigan… ahora se explicarán la segunda parte del título del artículo, ¿verdad?

 

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2 thoughts on “Sigan, sigan… y verán lo que es bueno

  1. Todo ya muy previsible, por más que lo consigan ya no pueden llamar más la atención, que frustración!!
    Entretanto, los disconformes EXPULSADOS de la opera por esta banda de Mamarrachos.

    Total, que para ver una opera sin ser ofendidos por el director de escena, solo va a quedar el teatro de las marionetas de Salzburgo……..hasta que vayan a por el!!!

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